
Cuentos para dormir
El manzano del rey Jonatán
Érase una vez un rey que se llamaba Jonatán. A este rey le encantaba viajar por el mundo y traerse de allí toda clase de cosas extrañas.
Las exponía en el castillo, y sus súbditos iban a verlas y a admirarlas. El rey pensaba que tenía una colección preciosa, hasta que un día oyó a uno de los visitantes refunfuñar: —¡Qué tonterías trae aquí el rey! ¿Para qué quiero yo una cajita que canta, una espada de sal o un libro hecho de hojas de arce? ¡Ojalá el rey trajera al reino algo que pudiera aprovechar todo el mundo!
Al principio, el rey quiso mandar a sus soldados que atraparan al visitante y lo encerraran por insolente, pero luego se dio cuenta de que tenía razón. Las cosas que traía del extranjero solo eran cosas. Se podían exponer, pero no servían para nada. Por eso, ese mismo día les anunció a sus criados que se iba de viaje. Se marchaba otra vez por el mundo, para volver a casa con algo que fuera útil para toda la gente del reino.
Y así, el rey y su séquito viajaron por muchas tierras, hasta que un día llegaron a un reino. Estaba cansado, así que se bajó del caballo y se sentó junto a una niña que estaba sentada debajo de un árbol comiendo algo. Era redondo y de un rojo precioso. —Niña, dime, ¿qué es eso? La niña se rio. ¡No podía creerse que el rey no conociera la manzana! Enseguida arrancó una del árbol y se la dio a probar. Al rey le gustó muchísimo: era dulce, jugosa y muy fresca. —Y dicen que está llena de vitaminas. Gracias a ella estoy sana y fuerte. ¡Por lo menos eso dice mi mamá!
El rey Jonatán no se lo pensó dos veces y se fue al galope al castillo, donde pidió que lo anunciaran ante el rey de aquel lugar. —¡Tenéis un tesoro en vuestro país, majestad! Y os ruego que lo compartáis conmigo. Quiero que mi gente también esté sana y fuerte y tenga muchísimas vitaminas. Al principio el rey no entendía de qué tesoro le hablaba el rey Jonatán, y cuando por fin lo entendió, se echó a reír. Y es que cada uno tiene su propio tesoro. —¡Claro que sí, querido vecino! Mandaré que os preparen cien esquejes de manzano para que os los llevéis a vuestro país y los plantéis allí. Que os sean de mucho provecho.
El rey Jonatán volvió a casa muy contento. Ya por el camino, él y sus soldados fueron plantando arbolitos por todo su reino, y el último lo plantó en su castillo. Al principio la gente no entendía nada, pero cuando más adelante aparecieron en los árboles unas manzanas dulces y jugosas, todos vitorearon al rey. A aquellas manzanas las llamaron manzanas Jonatán, y todavía hoy podéis comprarlas en la tienda.
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