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El castillo encantado – cuento infantil

Cuentos para dormir

El castillo encantado

Julia U.20 de septiembre de 20269 min de lecturapara primaria

Un padre tenía tres hijos. El mayor era carpintero, el mediano herrero y el pequeño no tenía ningún oficio. El padre los mandó a los tres a recorrer el mundo para que se ganaran la vida.

Al caer la noche llegaron a un bosque desierto. Allí, mientras el pequeño dormía, los otros dos se pusieron de acuerdo: como él no tenía oficio, no iban a mantenerlo ni a ganar dinero para él por el mundo. Le quitaron todo lo que todavía llevaba para el camino y lo dejaron allí.

El pequeño se despertó y vio que sus hermanos lo habían abandonado y que ya no tenía nada. Se echó a llorar como un niño chico y pensó en volver a casa para no morirse de hambre. Pero en aquel bosque desierto se perdió y llegó a una cabaña. «Sea lo que sea lo que haya dentro», pensó, «voy a entrar. Por lo menos preguntaré por dónde se va al pueblo más cercano». Pero de pronto le salieron al paso dos perros que, cada vez que intentaba avanzar, le ladraban como si quisieran despedazarlo. Así que se sentó y se quedó calladito como un ratón. Los perros se calmaron y empezaron a menear la cola a su alrededor. Uno se le acercó y le dijo: —Ay, hermanito, ni te imaginas que somos tus propios hermanos. Esto nos ha pasado por robarte y dejarte en el bosque. También nosotros nos perdimos y llegamos aquí, a casa de una bruja, y ella nos dio con una varita y nos convirtió en perros. ¡Pero tú no te dejes! Entra a verla. Ahora ya te dejaremos pasar e iremos detrás de ti.

Así que entró con más valor. La bruja lo recibió muy amable y enseguida le insistió en que se sentara y comiera. Se sentó, y ella puso la mesa, colocó los platitos para ella y para él y se fue a la cocina a por la sopa. —No comas de ese plato, que es en el que nos la sirve a nosotros —le susurró el hermano mayor, y él enseguida lo cambió por el otro. La bruja ni se dio cuenta y se tomó con muchas ganas la sopa del plato de los perros. A ella no le hizo nada. Al rato quiso darle con la varita al muchacho. Pero él le agarró la varita, se la quitó de la mano y fue él quien le dio a ella. Al instante la convirtió en gata y le gritó: —¡Ahora dime, bruja, cómo deshago el hechizo de mis hermanos!

Al principio no quería, pero al final le dijo que diera la vuelta a la varita y diera tres golpecitos con la punta más gruesa. Así lo hizo, y sus hermanos quedaron libres del hechizo. A la bruja la dejó convertida en gata y se fue con sus hermanos. Anduvieron mucho tiempo por el mundo sin que les pasara nada especial. Hasta que un día dieron con un castillo encantado. Los hermanos mayores no quisieron entrar, no fuera a ser que otra vez les fuera mal, así que dejaron ir solo al pequeño. Y allá fue el pequeño, ¡y al pie del castillo había toda una ciudad! Pero en ella nadie se movía, nadie vivía allí. Recorrió toda la ciudad él solo hasta llegar a la puerta del castillo. Allí había dos guardias de hierro, pero tampoco se movían. La puerta se le abrió, pero en el castillo no encontró a nadie, así que se paseó por él con mucho valor, como si fuera el señor.

Llegó a una sala donde en la mesa estaban servidas las mejores comidas. Tenía hambre, así que se sentó y comió. Pasó a la segunda sala y allí encontró una cama hecha. Así que se acostó y durmió a pierna suelta. Por la mañana temprano se levantó y fue a la tercera sala, donde encontró en una mesita un violín de plata. Tomó el arco y, aunque nunca había aprendido a tocar, tocó tan bien que daba gusto oírlo. Al día siguiente encontró un violín de oro y tocó todavía mejor. Al tercer día siguió buscando y encontró un violín adornado con piedras preciosas. Empezó a tocar… y tocó de tal manera que habría despertado hasta a una piedra.

Vivió allí mucho tiempo, hasta que llegaron las tardes y las noches largas y a oscuras se ponía triste. Encontró una vela de cera muy gruesa y, en cuanto la encendió, oyó pasos fuertes. Los dos guardias de hierro de la puerta vinieron y le preguntaron: —¿Qué desea, ilustre señor? —Juan, asustado, sopló la vela y ellos se fueron. Luego volvió a encender la vela y los guardias volvieron. Les preguntó de todo, hasta que le contaron que estaban encantados y que su vida dependía de esa vela. Aunque estuviera a cien leguas, en cuanto encendiera la vela, estarían enseguida a su lado y harían lo que él quisiera.

Al día siguiente Juan tomó oro y dinero, se llevó la vela y se fue a buscar fortuna a otra parte. Llegó a otra ciudad, donde vivía un rey. Aquel rey tenía una hija preciosa a la que no le gustaba ninguno de sus pretendientes. Así que Juan pensó que él conquistaría a la hija del rey. Por la noche encendió la vela y los guardias vinieron enseguida. Les mandó que le trajeran el violín de plata y, muy de mañana, empezó a tocar. Cuando la princesa lo oyó, quiso tener el violín enseguida y él se lo mandó. A la mañana siguiente empezó a tocar todavía mejor y toda la gente empezó a alabar su música. Y la hija del rey no tuvo paz hasta que él le mandó también el violín de oro. La tercera noche Juan se hizo traer el violín adornado con piedras preciosas. Cuando por la mañana empezó a tocar, la gente casi se quedó ciega con su brillo. Y con aquella música se habría alegrado hasta la persona más triste. La hija del rey vino corriendo ella misma a pedirle a Juan, por lo que más quisiera, que le diera también ese violín. —Te lo daré, pero ¿te casarás conmigo? —Ven a pedir mi mano a mi padre, y ya verás —dijo ella, y se fue corriendo a casa con el violín.

Así que Juan fue a pedir su mano. El rey le dijo: —Si eres tan buen maestro que ya te has ganado a mi hija, constrúyete ahora un reino y luego os prepararé la boda. —Juan se volvió por donde había venido y por la noche encendió la vela. Llegaron los guardias de hierro: —¿Qué desea, ilustre señor? —Deseo un reino, porque si no, el rey no me dará a su hija —les dijo Juan. —El reino del castillo encantado es vuestro hace tiempo, solo que todavía no está libre del hechizo. Quedará libre cuando esta vela se consuma. Pero entonces solo podremos haceros un último favor, cuando os acordéis de nosotros en un apuro —le dijeron los guardias. Así que Juan dejó que la vela se consumiera, y en la ciudad despertaron todos los príncipes y fueron a hacerle una reverencia. Vino también todo el ejército a escuchar sus órdenes, y el pueblo eligió a Juan como rey. Ahora ya podía presentarse ante el rey. Y él, como había prometido, le dio a su hija y preparó la boda.

Cuando Juan volvía con su joven esposa a su reino, en unas montañas desiertas les asaltaron dos bandidos. Juan se acordó entonces de sus guardias de hierro, que aparecieron allí enseguida y se lanzaron contra los bandidos. ¡Menuda pelea se armó! Pero de repente los bandidos se quitaron las capuchas y Juan reconoció a sus hermanos.

—¿Pero sois vosotros? —gritó, y la pelea se acabó. Todos se calmaron, se fueron con él y lo sirvieron. Cuando llegaron al reino, en la ciudad desencantada todos dieron la bienvenida a su rey y a su reina. Y fueron felices y comieron perdices.

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