
Cuentos en audio
El conejillo de Indias Nisperín
En un jardincito muy bonito había una jaula. Estaba llena de virutas y de heno. En esa jaula vivía un conejillo de Indias. Se llamaba Nisperín. Era un chico. Tenía el pelo marrón y peludito, los ojos marrones como el chocolate y era muy, muy perezoso. Se pasaba los días enteros tumbado a sus anchas en su casita. Cuando le apetecía algo, se ponía a chillar muy fuerte. Lo que más le gustaba era comer, dormir y dar vueltas en su jaula. Y cada vez pesaba más y más.
Nisperín vivía cerca de la conejera. Era muy amigo de los conejos. La conejera y su jaula estaban muy cerca la una de la otra. El jardincito donde vivían Nisperín y los conejos era de un abuelito. Él los cuidaba a todos lo mejor que sabía. Y, en cuanto su mascota chillaba, le daba alguna golosina. Y Nisperín chillaba muy a menudo.
Una noche, cuando ya dormían todos, Nisperín oyó un ruido raro. Lo despertó. Se puso de mal humor. Pero al rato empezó a ponerse nervioso: ¿qué era aquel ruido? Desde la jaula miró con cuidado a los conejos, pero estaban profundamente dormidos. Nisperín estiró sus orejitas diminutas y escuchó con atención para saber qué lo había despertado. Primero oyó como un crujido. Luego sonó como si alguien quisiera entrar en su jardín. Como si alguien intentara saltar la valla.
Al rato vio de verdad a alguien que se colaba a escondidas por el jardín. Nisperín no se movió ni un pelo y tenía miedo. Pero entonces se dio cuenta de que era un ladrón, y de que seguro que quería robar a sus amigos los conejos. Primero intentó levantarse y cruzar la jaula corriendo. Quería abrirla y asustar al ladrón, o darle un mordisco. ¡Que dientes grandes no le faltaban! Pero al intentar moverse deprisa, se quedó sin aliento. No podía ni levantarse bien, de lo empachado y lo pesado que estaba. En ese momento se enfadó consigo mismo por ser tan perezoso y tan pesado, porque ahora no podía ayudar a sus amigos.
Pero no quería rendirse, así que se puso a pensar qué hacer. Y entonces se le ocurrió. «¡Pues claro! Si yo sé chillar muy fuerte. El abuelito siempre me oye desde casa. Tengo que despertarlo ahora también», pensó. Así que tomó aire y, justo cuando el ladrón se acercaba a la conejera, Nisperín chilló con todas sus fuerzas. En aquella oscuridad, en plena noche, su chillido retumbaba por todo el jardín.
El ladrón se asustó. Enseguida miró a su alrededor para ver qué era aquello. No se dio cuenta de que era el chillido de un conejillo de Indias. Y Nisperín no paraba. Chillaba y chillaba. Los conejos se despertaron y empezaron a saltar y a patalear como locos en la conejera. El abuelito se despertó y salió lo más deprisa que pudo a ver qué pasaba. Supo que lo llamaba su conejillo.
Cuando el ladrón vio que todos estaban despiertos y que el abuelito podía verlo, salió corriendo como un cobarde. Desde la puerta, el abuelito vio a lo lejos cómo el ladrón se escapaba a toda prisa de su jardín. Fue rápido a la conejera y comprobó que no faltara nadie. Luego acarició a Nisperín y lo felicitó mucho por no haber tenido miedo y por haberlos despertado a todos con sus chillidos. El conejillo estaba contento de que todo hubiera acabado bien.
Desde aquella noche ha pasado ya un tiempo. El jardincito sigue igual. Sigue estando la conejera y sigue estando la jaula. Pero en esa jaula ahora hay un conejillo de Indias muy distinto. Sigue siendo valiente y peludito, y sigue teniendo los ojos marrones como el chocolate, pero ya no está tan empachado ni es tan perezoso. Sigue siendo el mismo Nisperín, pero ahora es delgado y rápido. Aquella noche en que llegó el ladrón, se sintió muy desgraciado por no poder casi ni moverse. Y desde entonces se esforzó por cambiar. Hoy Nisperín es un conejillo de Indias feliz, que puede saltar y jugar todo lo que quiera, y que puede salvar a todos sus amigos.
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