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Hay que ayudarse – cuento para niños

Cuentos para dormir

Hay que ayudarse

Marita P.16 de agosto de 20264 min de lecturapara preescolar

Cuando llueve, hay agua por todas partes. Los estanques suben, los ríos crecen y por las aceras corren arroyitos. Una vez pasó que el río de nuestro pueblo creció tanto que casi se desbordó. Aquella vez lo salvaron todo los castores y sus amigos los pajaritos. Y solo porque se ayudaron unos a otros. ¿Cómo fue aquello?

Llevaba ya varios días lloviendo y en el cielo solo se veían nubes grises y oscuras. Todos estaban metidos en sus casas, y los animalitos del bosque en sus madrigueras. El río que pasaba por nuestro pueblo crecía y crecía. Sus orillas se ensanchaban y el agua subía. Junto al río andaban los castores. Miraban el agua y no paraban de pensar cómo evitar que el río se desbordara. Tenían que pensar deprisa, porque cada vez había más y más agua. Pero entonces, uno de los castores dio con la solución.

—¡Tengo una idea! —gritó—. Si cerramos el río por el lado bueno, solo se desbordará por el otro y toda el agua bajará hasta el mar. Así el agua bajará y el pueblo estará a salvo. ¡Rápido! ¡Vamos a construir un dique!

Los castores se pusieron manos a la obra. Lo más deprisa que podían, traían troncos, los roían hasta darles la forma justa y los iban colocando unos encima de otros. El trabajo les salía de maravilla. En un momento, el dique estuvo terminado. El agua se detuvo en él, pero seguía subiendo. Y un dique más alto ya no podían construirlo los castores. No había manera. Así que solo podían mirar cómo el agua seguía subiendo.

—¡Necesitamos que deje de llover, o el agua pasará también por encima del dique! —se gritaban los castores unos a otros. Parecía que no había nada que hacer. Los castores corrían de un lado a otro intentando colocar los últimos troncos. Pero seguía lloviendo y el agua seguía subiendo.

El pueblo estaba a punto de inundarse cuando, en ese momento, a uno de los castores se le ocurrió algo: —Necesitamos un viento que sople fuerte y esparza las nubes por todo el cielo. Así dejará de llover. Y lo necesitamos ya. No hay tiempo. Llamaremos a los pajaritos para que convenzan al viento de que empiece a soplar. A nosotros, desde aquí abajo, el viento no nos oye con tanta lluvia, pero los pajaritos pueden subir volando hasta el cielo a buscarlo.

Y así, los castores empezaron a llamar: —¡Pajaritos, por favor, venid a ayudarnos! Volad hasta el cielo y decidle al viento más grande de todos que sople. Tenemos que espantar las nubes para que deje de llover. Si no, el agua pasará por encima del dique y se inundará el pueblo. ¡Por favor, ayudadnos!

—Vale, vale, lo intentaremos —contestaron los pajaritos. Subieron volando lo más alto que pudieron y empezaron a llamar al viento. Lo llamaban con todas sus fuerzas para que el viento los oyera, y revoloteaban por todo el cielo. Era muy difícil para ellos, porque la lluvia les empapaba las plumas. Pero no se rindieron.

Al final, el viento los oyó. Y cuando vio cuánto se habían esforzado los castores construyendo el dique y cómo los pajaritos intentaban volar bajo la lluvia llamándolo, empezó a soplar. Sopló tan fuerte que las nubes se rompieron en pedazos y dejó de llover. Al poco rato asomaba aquí y allá el cielo azul y el agua del río se calmó. Se detuvo justo en el borde del dique. Poco a poco empezó a bajar por un lado y luego hasta el mar.

El pueblo se había salvado. Los castores y los pajaritos estaban contentísimos de haberlo conseguido y de que el viento los hubiera ayudado. Y además aprendieron que, si hubieran intentado salvar el pueblo cada uno por su cuenta, no lo habrían logrado. Es bueno ayudarse.

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