
Cuentos para dormir
El valle de las calabazas y las hadas otoñinas
Había una vez un valle pequeñito lleno de calabazas mágicas. Y cuando más florecía era en otoño. El resto del año, en el país de las calabazas todo dormía. Por todas partes podíais encontrar calabazas grandes y pequeñas, amarillas y naranjas. Aquel prado lleno de calabazas parecía sacado de un cuento.
Pero no eran calabazas normales. Aquellas calabazas mágicas eran las casitas de unas pequeñas hadas del otoño. Eran las hadas otoñinas. Las hadas otoñinas, igual que todo el país de las calabazas, despertaban de su sueño precisamente en otoño.
Las hadas son criaturas mágicas que vuelan por el bosque y lo protegen con sus hechizos, o que se esconden junto a los ríos y cuidan de los arroyos y los ríos. Con su belleza y su magia, las hadas saben encandilar a más de una criatura. Pero las hadas otoñinas eran distintas. Solo salían de sus casitas mágicas de calabaza cuando el verano calentito se iba a dormir su largo sueño. Y justo entonces era cuando ellas despertaban. Entonces sabían que había llegado la hora de asomarse fuera de sus casitas de calabaza.
Las hadas otoñinas tenían una melena larga y preciosa de los colores del otoño: roja, naranja y hasta amarilla, que brillaba muy bonita bajo el sol fresquito del otoño. Sus vestidos estaban hechos de hojas de todo tipo. Una de aquellas hadas otoñinas, que vivía en una calabaza naranja al borde del valle, se llamaba Liana. Igual que sus hermanitas, notaba que el verano se había acabado.
Se asomó fuera de su casita, sacudió las alas muy contenta y salió volando con cuidado. Todas las calabazas adornaban ya el campo con sus colores preciosos. Las demás hadas otoñinas ya volaban por toda la comarca para cumplir sus tareas antes de que llegara el viejo Invierno. Eran tareas muy importantes. Las otoñinas tenían que mandar una brisa fresca a todos los países para avisar a las personas y a los animalitos de que había empezado el otoño. Tenían que llevar calabazas a los huertos y a los campos, teñir el mundo de los colores del otoño y encargarse de que las hojas se pusieran de colores y cayeran, para que todo estuviera listo para el frío.
El hada Liana voló por encima de su calabaza. Estaba lista para llevar al mundo el espíritu del precioso otoño. Liana voló por los alrededores, saludó a sus hermanitas y se puso a trabajar. Voló hasta la ciudad, donde con su varita cambió el color de cada hoja de los árboles: unas amarillas, otras naranjas y otras rojas. También adornó algunas casitas con calabazas pequeñas. Y, claro, con la varita mandó también a la ciudad una brisa suave y fresquita. Todo parecía de cuento.
—¡Listo, la ciudad ya tiene el espíritu del otoño! —exclamó feliz el hada Liana. Luego batió las alitas y ya iba a seguir volando cuando, de repente, se quedó enganchada en una telaraña enorme. Se enredó tanto que no podía mover ni su varita mágica. Y entonces apareció delante de ella una arañita.
—¿A quién tenemos aquí? —dijo la araña con malicia. El hada respiró hondo y habló con calma: —¡Yo no soy una mosca ni un bichito! ¡Soy un hada otoñina! ¡Me encargo de que el otoño llegue a todos los rincones del mundo! —le contestó Liana.
La arañita se quedó pensando… ¿Qué haría ahora? Tenía que soltar a Liana, ¿no? Si no, ¿cómo iba a cuidar ella del paisaje? ¿Cómo le llevaría el espíritu del otoño? Eso, queridos niños, lo sabremos en la próxima parte.
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