
Cuentos para dormir
El duende Saltarín
El duende Saltarín era un hombrecillo pequeño, con el pelo revuelto y una sonrisa ancha y simpatiquísima. Llevaba una chaquetita verde, pantalones rojos y un sombrerito verde. Iba por el mundo dando saltitos al andar y cantando.
O, por lo menos, siempre iba tarareando algo. Era un tipo pequeñito y muy alegre. Como siempre estaba sonriendo, no le gustaba nada que alguien a su alrededor estuviera de mal humor. En cuanto se encontraba con alguien triste o con alguna pena, hacía todo lo posible por alegrarlo.
Un día, paseando por el bosque, oyó a lo lejos que alguien cantaba muy tristemente. Era una vocecita de niña, muy flojita. Saltarín miró a todas partes, buscando de dónde venía aquella canción tan triste. Al escuchar con atención, descubrió que venía del arroyo. Se acercó saltito a saltito, se escondió detrás de un árbol y miró quién cantaba. Junto al arroyo estaba arrodillada una chica preciosa. Su larga melena rubia ondeaba al viento y por las mejillas le caían unos lagrimones como garbanzos. A su lado tenía un cesto de ropa y la iba lavando en el arroyo. Y mientras tanto cantaba bajito y con mucha pena.
Saltarín se acercó, la saludó con educación y, como era curiosísimo y se moría de ganas de alegrar a todo el que estuviera triste, enseguida empezó a preguntarle: —¡Hola! No tengas miedo, soy Saltarín. Soy un duende que rebosa buen humor y alegro a todo el mundo. ¿Y tú por qué estás triste? —Ay, Saltarín, eres muy bueno por querer alegrarme, pero creo que no puedes ayudarme. Vivo sola con mi padre en el molino. Mi padre se ha puesto enfermo y yo tengo que hacer todo el trabajo sola. Y además tengo que cuidar de él. Lo quiero muchísimo.
Al duende Saltarín le dio muchísima pena la chica. Se puso a pensar con todas sus fuerzas cómo podría ayudarla. Y entonces se le ocurrió. Se quitó el sombrerito, empezó a lanzarlo hacia arriba y, mientras, cantaba: —Muéstrate, hierbecita mágica, muestra tu poder. Que la niña vuelva a sonreír, ven a socorrer.
Saltarín lanzó el sombrerito al aire por última vez y lo dejó caer sobre su cabeza. Hizo una reverencia muy elegante, se quitó el sombrero y en el pelo tenía una plantita. —Tómala. No es una hierba cualquiera. Es mágica —le dijo Saltarín a la chica—. Cuando llegues a casa, plántala para que crezca. Ponla al solecito y cuídala bien. Y sobre todo, huélela todos los días. Y tu padre también. Ya verás cómo te devuelve la sonrisa. Si sigues siendo tan buena y tienes buen corazón, la plantita no se marchitará y te ayudará. —Después se despidió y se fue dando saltitos.
La chica lo hizo todo tal como le había dicho Saltarín. Plantó la plantita, la puso al sol y la cuidó. Por la noche, antes de irse a dormir, se acordó de que todavía tenía que olerla. Ella y su padre. Y así lo hicieron. En ese momento, una brisa suave atravesó la habitación. Todo empezó a oler como en un prado y parecía que todo brillaba. El aroma mágico llenó el molino entero.
Al poco rato se notó que el padre estaba mejor. Se curó. Y a su hija, de verdad, le volvió la sonrisa a la cara. Se asomó a la ventana y llamó bajito hacia la oscuridad: —¡Gracias, Saltarín! ¡Muchísimas gracias! —A lo lejos se oyó una vocecita: —¡No hay de qué, niña! Pero no lo olvides: tienes que cuidarla y tener buen corazón, para que no se marchite.
Detrás del bosque, cerca del arroyo, todavía hoy puedes ver un molino grande y viejo. En la ventana hay una hierbecita plantada. Crece preciosa. Todas las noches van a olerla el molinero y su hija. Y como la chica se esfuerza en ser buena y tener buen corazón, la plantita sigue oliendo de maravilla.
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