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Cuento de buenas noches - Sigilosos – Comida de gato y el sigiloso de edificio más antiguo

Los sigilosos · episodio 8 de 9

Sigilosos – Comida de gato y el sigiloso de edificio más antiguo

Esta noche Pablo y yo vamos a ver al sigiloso de edificio más viejo de todos. Vive abajo, en el sótano. Dicen que nadie ha conseguido nunca esconderle los dedos. Ni siquiera la nariz. Que se atrevía a meterse hasta debajo de la manta y que una vez le arrancó a alguien el dedo gordo de un mordisco, ¡con trozo de zapato y todo!

Tiene mucha experiencia asustando y seguro que sabrá aconsejarme qué hacer con esa cosa tan horrible que la gente se pone en los pies.

Bajamos por el atajo hasta el piso del señor Carlitos, donde Pablo iba a asustar muchas veces. Acababa de anochecer y el señor Carlitos todavía estaba despierto. Le estaba dando de comer al gato y, de paso, le echaba la bronca en voz alta.

—Tizón, ¿por qué mordisqueas las bolsitas de comida? ¿Es que te pongo poca en el cuenco?

El gato solo agachaba las orejas y esperaba a que le dieran de comer.

—Bueno, a lo mejor sí que te doy poca, porque siempre tienes el cuenco vacío. Pero aun así me parece que comes más que un gato normal —siguió el señor Carlitos. Dejó el cuenco de pienso en el suelo y se fue a poner la tele.

Era nuestra oportunidad. Nos colamos por la despensa y, por un túnel dentro de la pared, salimos al pasillo de la escalera. Esta vez no cogimos el ascensor. Y tampoco me atreví a tirarme por la barandilla. Fuimos bajando escalón a escalón, pasamos en el cuarto por delante de mi huella de barro en la pared y seguimos hasta el portal.

—¿Sigues robando el correo, Pablo?

—Claro que sí, nada le da más sueño a un sigiloso que un folleto de ofertas —dijo Pablo—. Pero hoy no vamos al buzón, hoy vamos al sótano. ¿Tienes miedo?

—Yo soy un sigiloso de edificio, no le tengo miedo a nada. Solo, solo…

—¿Solo a qué?

—A las botas de agua. No se pueden ni morder ni arañar. Y son grandes y por dentro huelen fatal —confesé.

Pablo se echó a reír.

—Y eso que no has visto las botas de agua del señor Carlitos. Los dos cabríamos dentro de una sola.

Me dio un escalofrío: quedarme atrapado en una bota de agua, ¡qué horror! Llegamos al sótano. Olía a humedad por todas partes. En las paredes había telarañas y, la verdad, todo parecía bastante tenebroso. En un montón de trapos viejos, detrás de los sacos de patatas, brillaban en la oscuridad unos ojos amarillos. 

—¿Quién anda ahí otra vez? —gruñó algo, y se me puso la piel de gallina.

—Soy yo, Pablo. Vengo a presentarte a mi hermano Milín.

—Ah, ese es el sigiloso que se hace amigo de los niños. Le huelo a humano desde aquí. ¿Qué queréis del viejo Hjunt, chicos?

El viejo sigiloso salió despacito de su montón de trapos, se coló junto a la bici de la señora Simona y llegó hasta nosotros. Incluso en la oscuridad se veía que tenía el pelaje negro salpicado de pelos plateados.

—Hemos venido a preguntarte, viejo sabio Hjunt, si sabes qué hacer con las botas de agua —tartamudeé.

—Ay, los humanos —resopló el viejo Hjunt, cansado—. Van siempre con tanta prisa que ya ni se quitan las botas para dormir. Era de esperar. Pero no les va a servir de nada. ¿Habéis oído hablar del poder de la luz de la luna, chicos?

Los sigilosos negaron con la cabeza.

—Basta con cargar las uñas con luz de luna, ¡y podréis arañar hasta las botas de agua!

De repente, se oyeron pasos y la luz de una linterna iluminó el sótano. La sostenía una figura oscura con una media en la cabeza. ¡Un ladrón!

Los sigilosos se escondieron a toda prisa. El viejo Hjunt se hundió en su montón de trapos y dijo que él ya estaba jubilado y que ahora les tocaba a los jóvenes. Y los jóvenes solo se miraban el uno al otro. Mientras tanto, el ladrón alumbraba el sótano, buscando algo valioso para llevarse. ¡Y llevaba botas de agua!

—No hay más remedio, hay que darse prisa —dije, y salí corriendo con Pablo pisándome los talones. 

Por suerte, el cielo estaba despejado y la luna brillaba como la lámpara más bonita en el techo del cielo. Enseguida saqué mis garritas y dejé que la luz de la luna las hiciera más fuertes. Pablo hizo lo mismo.

—¿Será suficiente? —me preocupé.

—Tendrá que serlo, no hay tiempo. Como tardemos más, ese granuja se lleva la bici de la señora Simona.

Volvimos a toda pastilla. Pablo tenía razón: el ladrón ya iba derecho a por la bici. Pero no contaba con nosotros. Yo me lancé a una bota y Pablo a la otra. Y empezó nuestro baile de arañazos. El viejo Hjunt no mentía: la luz de la luna nos había fortalecido tanto las uñas que nos colamos dentro de las botas en un abrir y cerrar de ojos. El ladrón daba saltos como si bailara, rezongaba y gritaba, pero nosotros nos agarrábamos fuerte, mordíamos y arañábamos con todas nuestras fuerzas.

Con los gritos del ladrón se despertó todo el bloque, y los vecinos llamaron a la policía. Para nosotros fue la señal de que nuestra parte del trabajo estaba hecha: del ladrón ya se encargaría la ley. 

—¡Gracias, Hjunt! ¡Mañana te traigo la merienda! —gritó Pablo antes de que nos escabulléramos por el agujero hacia la escalera y subiéramos a toda prisa.

Pablo se paró en el quinto y se coló en casa del señor Carlitos.

—¿Qué haces? ¿No íbamos a casa?

—Perdona, Milín, pero tengo un hambre tremenda. ¿Quieres tú también? Está bastante bueno, cruje un montón.

Pablo me acercó el cuenco del pienso para que lo probara yo también. Lo probé. Tenía razón: estaba bastante bueno. 

Antes de que los vecinos llevaran al ladrón hasta el coche de policía, Pablo y yo ya nos habíamos zampado el cuenco entero de pienso. Menos mal que Tizón estaba dormido como un tronco, porque si se entera, seguro que se enfada con nosotros. Y ahora nosotros también nos vamos a dormir: ya casi es de día y, después de tanta aventura y con la tripa llena, vamos a dormir como angelitos. Así que buenas noches, ¡y no os olvidéis de quitaros las botas de agua para dormir!

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