En nuestro bloque de pisos llevan ya varios días pintando. A la señora Simona parece que no le gustó mi huella en la pared, así que mandó pintar todo el piso entero. Pero desde que están pintando, parece que ronda algún fantasma que va dejando huellas blancas por todas partes.
La señora Simona también se dio cuenta y fue corriendo a preguntar al señor Carlitos si se le había escapado Mourek. Qué raro, ¿verdad? ¿Es que los gatos son fantasmas?

Por supuesto que no fue Mourek. Así que, mientras esos dos buscan al gato callejero por la casa, yo decidí que iba a cazar a ese fantasma.
En cuanto se hizo de noche, salté de la cama y corrí al cuarto piso. Aunque la señora Simona acababa de fregar, las huellas seguían allí. Debían de ser frescas, porque la pintura blanca que el pintor había dejado salpicada alrededor del cubo aún no se había secado. Fui siguiendo las huellas.
Apenas salté al primer escalón, salió de su piso la señora Simona, refunfuñando porque no le funcionaba la tele. Y justo quería ver su programa de cocina favorito. Casi me aplasta de lo rápido que subía para arriba.
Pero a mí lo que me interesaba eran las huellas. Primero me llevaron al sótano. El viejo Hjunt, el plízaco de edificio más antiguo, se enfadó muchísimo porque lo interrumpía mientras contaba los pelos blancos de su abrigo.
«No hay fantasmas, niño», decía Hjunt. «El único fantasma eres tú, Milín.»
—Pero yo no hago huellitas blancas.
Hjunt estiró el cuello para mirar al suelo y luego simplemente se encogió de hombros.
Aun así, no pude evitarlo. Seguí las huellas por el sótano hasta nuestro pasadizo secreto, que me llevó de nuevo hasta la quinta planta. Estaba tan concentrado en las huellas que choqué contra la pierna del señor Carlitos. Me asusté tanto que se me erizaron los pelos de la espalda y rápidamente salté a una maceta. Allí me agaché y recé para que la planta me escondiera.
Pero el señor Carlitos no se dio cuenta de nada. Estaba tan metido en una acalorada charla sobre la tele con la señora Simona.
¡Imagínese! Justo cuando iban a decir la receta del bizcocho de pudín, la imagen empezó a temblar, se volvió cuadraditos y luego, de repente, oscuridad. Luego funcionó un rato, pero ya me perdí la receta. Y al rato, otra vez lo mismo.
Eso es una faena, pero ¿sabe qué? A mí, querida señora Simona, me pasa exactamente lo mismo. A lo mejor es por el viento, que menea la antena en el tejado.
—Pero señor Karlíček, si fuera no hace viento —insistió la señora Simona.
—Bueno, pues quizás simplemente se haya estropeado la antena. Mañana llamaré al técnico. ¿Y si ponemos algo del disco? Para eso no necesitamos la antena.
La señora Simona se fue a ver una película divertida con el señor Karlíček y por fin pude salir de esa maceta.
Vaya problemas que tienen estos humanos, pensé mientras movía la cabeza, mientras mis huellas me llevaban al último piso del bloque de pisos. Allí siguieron hasta el desván y del desván al tejado. Nunca había estado allí. Tenía un pelín de miedo, pero solo un poquito.
Me estiré por el pasillito hacia fuera. Todo estaba oscuro, sólo a lo lejos se podía ver el barrio dormido iluminado por las farolas. Era precioso. Todo tranquilo y en paz. Excepto por esos crujidos que me retorcían las orejas en forma de cucurucho. ¿Qué podrá ser eso?
Avancé un poco más hasta el tejado. Las huellas ya casi no se veían, pero sin duda llevaban allí también. ¡Claro! ¿Quién más podría ser?
Esos ruidos los hacía la pobre antena, que se balanceaba de un lado a otro. Alguien la había convertido en un columpio. Y ese alguien era también mi fantasmita, al que estuve siguiendo hasta aquí. ¡Pablo!
¡Eh, hola, Milín! ¿Tú también vienes a columpiarte? ¡He encontrado un juego genial!
Pabloe, eres un burro. La señora Simona está que no puede contigo. No puede ver la tele.
¡Vaya cosa!
Se ha perdido la receta del bizcocho.
Qué pena, justo me apetecía uno. Pero columpiarse es mejor que el bizcocho, ven a probarlo también.
—Mejor no, bicho fantasma de patas blancas.
—¿Pero qué disparates dices? —se extrañó Pablo, dejando de balancearse del asombro.
—Me trajeron hasta aquí unas huellitas blancas. Pensé que había un fantasma paseando por la casa. Y en vez de eso, te encontré a ti.
Pablo miró sus patitas, a las que aún le quedaban algunos pelitos negros pegados con pintura blanca, y se echó a reír.
—Jejeje, es que no miré por dónde iba y, sin querer, salté justo en el desastre de la cuarta habitación, el que dejó el pintor cuando tapaba tu retrato.
¡Eso era! Conseguí resolver el misterio. Hjunt tenía razón en que no existen los fantasmas. Al final me columpié unas cuantas veces y os digo que fue bastante divertido. Estuvimos columpiándonos con Pablo hasta la mañana, antes de que empezara a amanecer. Luego nos deslizamos en casa y directos a la cama. Así que, buenas noches, y no os quedéis viendo la tele cuando podéis salir a columpiaros fuera.