
Cuentos en audio
Cómo apagaron los animales el fuego del bosque
Llegó la sequía. Una época en la que hacía muchísimo tiempo que nadie veía una nube. Y el sol quemaba mucho más que de costumbre. Los animalitos del bosque se escondían a la sombra de los pinos e iban a refrescarse al arroyo más cercano. Pero el calor no era lo único que les preocupaba. Como llevaba tanto tiempo sin llover, en cualquier momento podía declararse un incendio en algún sitio. Y eso fue justo lo que pasó en el pinar.
Era una tarde soleada y el sol estaba muy alto en el cielo. Los animalitos del bosque descansaban sobre el musgo o se mojaban las patitas en el arroyo cuando, de repente, el tejón notó algo. —Huele como si alguien estuviera quemando algo —dijo en voz alta, y siguió olfateando aquel olor tan desagradable. Al poco rato, las ardillas también vieron a lo lejos una columnita de humo.
—¡Deprisa, rápido, hay que apagarlo! —gritaban todos los animalitos que estaban junto al arroyo. A toda prisa formaron una larga cadena, colocándose uno al lado del otro desde el arroyo hasta el fuego. Se iban pasando el agua en todo lo que tenían a mano e intentaban apagar las llamas. Al cabo de unos minutos lo consiguieron. Solo había prendido un montoncito de hojas, así que lo apagaron enseguida. Los animalitos se sentaron agotados a la orilla del arroyo y respiraron aliviados.
Pero el tejón se puso a pensar en voz alta: —Deberíamos estar mejor preparados. La próxima vez podría arder la casa de alguien y pasar algo malo. Deberíamos construir un carro de bomberos con manguera. ¿Qué os parece? Antes de que pase algo terrible. —Es una idea estupenda, tejón, pero ¿de dónde sacaremos el dinero? —preguntaron las ardillas, muy curiosas. —Haremos una colecta. Es por una buena causa. Seguro que todos ayudan con gusto —decidió el tejón.
Y así fue. El tejón y las ardillas se pusieron en marcha enseguida y recorrieron todo el bosque recogiendo cosas y dinero para construir el carro de bomberos. Todos los animalitos colaboraron con mucho gusto, menos el más rico del bosque: el oso. El oso se limitó a arrugar la nariz y dijo muy orgulloso: —No os doy nada, que yo tengo muy poco. Si se quema mi casa, ya la apagaré yo solito. No necesito vuestro carro de bomberos. Es una tontería y un dinero tirado a la basura.
Aunque el oso los echó y no les dio nada, reunieron dinero suficiente para construir el carro. Sin perder un minuto, se pusieron todos juntos manos a la obra. Ayudó hasta el último animalito del bosque, todos menos el oso. En pocas horas el carro de bomberos estaba listo. Apenas pasaron unos días y ya tuvieron que usarlo. Pero ¿sabes qué se quemó esta vez? Pues la casa del oso, claro. Justo la de aquel que no solo no había querido ayudar a pagar el carro, sino que además era el único que no había ayudado a construirlo. Ahora estaba delante de su casa sin saber qué hacer, pidiendo ayuda a gritos. El humo salía por todas las ventanas y él no hacía más que correr de un lado a otro llevándose las patas a la cabeza.
Los animalitos lo oyeron pedir ayuda y no lo dudaron: llegaron enseguida con su carro de bomberos. El fuego ya era grande y costaba mucho dominarlo. Pero al final lo consiguieron. Las llamas desaparecieron bajo el agua que la manguera echaba sin parar. El oso estaba delante de su casa. Miraba con tristeza cómo salía el agua por la puerta. Pero en ese momento se dio cuenta de que, si hubiera estado dentro y los animalitos no lo hubieran ayudado, podría haber pasado algo mucho peor. Así que se volvió hacia sus amigos, que estaban agotados, y les pidió perdón: —Lo siento mucho. Perdonadme por haberme burlado de vosotros y por no haber querido daros dinero ni ayudaros. Gracias por haberme ayudado vosotros a mí.
Los animalitos eran buenos, así que perdonaron al oso. Después le ayudaron también a poner su casa en orden para que pudiera volver a vivir en ella. Y luego el oso los invitó a la mejor comida que sabía cocinar. Desde entonces ya nunca fue tacaño ni egoísta. Estaba feliz de tener amigos que saben perdonar.
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