
Cuentos para dormir
El cuento de las ranitas
Había una vez una charquita donde vivía una comunidad de ranitas. Se hacían llamar las Croaquitas. Tenían allí un precioso pueblecito de ranas, limpio y con comida de sobra, y vivían en su paz y su tranquilidad de ranas. Pero aquello no iba a durar para siempre.
Pasaron muchísimos años, se sucedieron generaciones enteras de ranas, y un día la gente descubrió el pueblecito. Mayores y pequeños, muy gritones y, sobre todo, muy sucios.
Las Croaquitas estaban tristes, porque la gente les había llenado la charca de porquería. Tiraban allí de todo. Y luego la cosa empeoró todavía más: alguien dio permiso para poner junto a la charca un chiringuito. En ese momento, las ranitas dijeron que no iban a aguantarlo más.
El jefe de las ranas convocó una reunión. —Queridas ranitas, así no se puede seguir viviendo. Hay que hacer algo. ¡Si ellos nos tratan así, nosotras haremos lo mismo con ellos! —Y entre todas prepararon un plan de batalla.
Las ranitas tenían que hacerles la vida imposible a las personas. Saltarles dentro de los vasos, meterse en sus zapatos, quitarles la comida. Las ranitas lo intentaron con todas sus fuerzas, aunque a ellas mismas no les hacía ninguna gracia. Muchas veces la gente, sin darse cuenta, se las llevaba lejos o las pisaba. Nada salía como las ranitas habían imaginado, así que, después de muchísimas batallas perdidas, la colonia de las Croaquitas decidió mudarse.
El jefe de las ranas se puso a pensar. Salió a la orilla y buscó por dónde podrían marcharse todas. Y mientras estaba allí, mirando con ojos tristes lo que pasaba alrededor, vio a una niña pequeña. Había algo en ella distinto de los demás.
Construía casitas para los animales alrededor de la charca, era buena con ellos y, sobre todo, ¡sabía hablar con ellos! El jefe de las ranas decidió ir a verla. —No tengas miedo, acércate de un saltito —le dijo la pequeña—. ¿Qué te pasa? —Croac, croac… —empezó a contar el jefe de las ranas, y le explicó todo lo que había pasado y lo que pensaban hacer las ranitas.
La niña se puso triste. —¡Tengo una idea! —dijo luego muy contenta—. Te ayudaré a que todo vuelva a estar bonito, y vigilaré que la gente se porte bien. —Y dicho y hecho. Era tan convincente y tan simpática que mucha gente le hizo caso. Los convenció para que pusieran más papeleras por los alrededores y las usaran, y para que respetaran a los animalitos; y a cambio les prometió que, si lo cumplían todo, las ranitas también serían buenas con ellos. Desde entonces, en la charca reinó la paz.
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