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El elefantito Quique – cuento infantil

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El elefantito Quique

En un zoo no muy lejos de aquí vivían muchos animales. Aunque cada uno tenía su propio recinto, todos se conocían muy bien. Cada noche, cuando los visitantes se marchaban, se ponían a charlar. Se contaban lo que habían vivido durante el día y se hacían visitas. Sus cuidadores los trataban con mucho cariño, así que los animalitos estaban contentos y vivían muy a gusto.

Todos menos un elefante joven que, desde hacía un tiempo, paseaba triste entre los recintos. El elefantito se llamaba Quique. Era guapo, estaba sano y era fuerte, pero se le veía muy desdichado. Iba por el zoo con la cabeza gacha y no quería jugar. Por las noches no charlaba con los demás. Su mamá elefanta le preguntaba a menudo: —¿Qué te pasa, Quique? —Y él se ponía un poquito más triste y no decía nada. Hasta que un día algo le quitó la tristeza.

Era una tarde preciosa. Todos los animales se lucían delante de los visitantes del zoo. El elefantito, en cambio, estaba escondido. Los amigos de Quique se pusieron de acuerdo para intentar ayudarlo. Así que, por la noche, cuando ya se habían ido los visitantes, llamaron a su amigo: —¡Quique, ven con nosotros! Tenemos que hablar contigo. Estamos preocupados por ti.

Después de que insistieran un poquito, el elefantito salió de su escondite. —¿Qué te pasa? —le preguntaron los animales. Quique tomó aire y empezó a explicarse: —Es que creo que no sé hacer nada y que no sirvo para nada. —¡Pero qué dices! Seguro que algo sabes hacer. ¡Todo el mundo sabe hacer algo! —lo consolaron sus amigos.

—Pues lo voy a intentar —se animó Quique. Miró a su alrededor. ¡Los guepardos! —Voy a echar una carrera con vosotros. Me gustaría saber correr rápido —dijo el elefantito Quique. Se puso en la línea de salida y, cuando dieron la señal, el joven elefante y los guepardos echaron a correr. Pero antes de que el elefantito tomara velocidad, los guepardos ya estaban al otro lado del zoo. —No sé correr rápido —dijo Quique, triste.

—Entonces probaré a volar —siguió, con otra idea, mientras miraba a las águilas que daban vueltas sobre su cabeza. El elefantito Quique subió a lo más alto que encontró en el zoo. Saltó desde allí moviendo las orejas todo lo que pudo. No se elevó ni un poquito. Solo cayó al suelo, ¡pum! —Tampoco sé volar —dijo el elefantito, muy triste. Por más que lo pensaba, no sabía qué podía dársele bien. Cada animal del zoo destacaba en algo. Menos él.

Se iba despacito a esconderse en su refugio cuando, de pronto, se levantó un viento enorme. Soplaba hacia todos lados y se llevaba todo lo que podía. Levantaba las casitas de los animales pequeños, rompía los arbustos y hasta partió un árbol. El tronco cayó justo delante de la madriguera de unas suricatas pequeñitas, que ahora no podían salir. Estaban atrapadas en su casita. Era muy peligroso, así que los animales intentaron apartar el tronco o levantarlo de alguna manera. Pero nadie consiguió moverlo.

Hasta que llegó Quique. Rodeó el tronco con la trompa, sacó todas sus fuerzas y levantó el árbol del suelo. Con mucho cuidado lo llevó bien lejos, para que nadie se hiciera daño. Las suricatas salieron corriendo de la madriguera y empezaron a darle las gracias al elefantito. Mientras tanto, el gran viento se calmó y todos los animales se alegraron de que todo hubiera acabado bien. El ciervo, amigo del elefantito, se inclinó hacia él y le dijo: —¿Ves como sí sabes hacer algo? Eres fuerte y sabes usar bien tu fuerza. Hoy has salvado a las suricatas. —Desde entonces, el elefantito Quique ya no está triste. Sabe muy bien que él también sirve para algo y que sabe hacer cosas. Cada uno es especial a su manera.

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