
El osito Antares, que no hizo caso a sus padres
Los padres de Antares siempre le advertían que se mantuviera lejos de las personas. Aunque una vez unas personas le habían ayudado y lo habían llevado al veterinario cuando se puso malo, muchas otras eran peligrosas. Y es que las personas a menudo eran malas con los animales. Algunas hasta los cazaban. Por lo menos, así se lo contaban siempre a Antares sus padres.
Pero a él las personas le daban mucha curiosidad. Quería saber cómo vivían, cómo se comportaban y si de verdad eran tan malas. Por eso, un día, se fue con sus amigos ositos a espiar a las personas al sendero de los humanos, que sus padres les tenían prohibido a todos.
No tuvieron que esperar mucho: enseguida aparecieron las primeras personas. Los ositos, emocionados, las siguieron a escondidas para descubrir de ellas todo lo que pudieran. Y de repente… ¡CLAC!
Antares oyó un golpe detrás de él. Por suerte, no fue tan fuerte como para que lo oyeran aquellas personas, pero sí lo bastante para que todos los ositos se dieran la vuelta del susto y vieran que uno de ellos había caído en una trampa.
Era el pequeño Gruñín, que tenía la pata delantera atrapada en un extraño aro de metal. Lloriqueaba de miedo y de dolor por la trampa. Todos los ositos corrieron a su alrededor e intentaron sacarlo. Pero no había manera.
Antares estaba muerto de miedo. Se daba cuenta de que había sido sobre todo él quien quería ir a espiar a las personas, y de que Gruñín estaba atrapado en la trampa solo por su culpa. Por eso intentó pensar una solución lo más rápido posible. Hasta que se acordó de algo que una vez le había contado su mamá: —Hace mucho, cuando tu papá y yo éramos jóvenes y un poco cabezas locas, fuimos sin pensarlo hasta una cabaña de los humanos. Yo no tuve bastante cuidado y se me quedó la pata atrapada en una trampa. Pero tu papá no perdió la calma, abrió la trampa haciendo palanca con una rama y me salvó. Como un auténtico héroe.
Antares no lo dudó ni un segundo y les dijo a todos los ositos que buscaran la rama más fuerte que pudieran. Bastó con buscar un poquito y, en efecto, la encontraron. Entre todos metieron la rama en la trampa, hicieron palanca, la abrieron y liberaron a Gruñín.
Luego, de camino a casa, mientras ayudaban a Gruñín a andar, porque le dolía la pata herida, todos estuvieron de acuerdo en que nunca más volverían a espiar a las personas. Y en que a lo mejor deberían hacer un poquito más de caso a sus padres.
Cuentos cortos Cuentos de animales Cuentos de osos Cuentos para preescolar




¿Qué te pareció el cuento?