
Cuentos en audio
La mariposa Milo que ayudó a una niña
Era un día de verano precioso. El sol nos sonreía desde un cielo azul clarito, sin una sola nube. Era un día perfecto para excursiones y aventuras nuevas. Y eso lo sabía también Milo. Milo era una mariposita de alas azules y moradas.
Le encantaba admirar sus alitas a la orilla del estanque, porque allí las veía en todo su esplendor, reflejadas en el agua. A Milo le encantaban los colores de sus alas: eran preciosos, ¡cómo brillaban!
Por eso Milo pasaba casi todos los días a la orilla del estanque. Revoloteaba alegre por los alrededores, volaba de flor en flor o charlaba con otros bichitos. Aquel día cálido de verano no fue distinto. Desde la orilla del estanque, Milo se fue volando a un jardín cercano lleno de flores. Volaba de una flor a otra y disfrutaba de aquel día tan bonito.
De repente vio detrás de una ventana a una niña pequeña que lloraba. Tenía el pelo castaño recogido en un moño alto, del que se escapaban unos rizos rebeldes. Iba vestida de bailarina. —¡Parece un hada de los prados! —se dijo Milo. Llevaba una faldita rosa preciosa y unas zapatillas blancas con lacitos dorados. —¡Qué bonita es! —canturreaba Milo mientras miraba a la niña por la ventana. Era preciosa, como las alitas de Milo. O como un hada. Pero ¿por qué estaba tan triste y lloraba? «¿Por qué llora, por qué?», se preguntaba una y otra vez el curioso Milo. Tenía que alegrarla como fuera. Unas hadas tan bonitas no pueden estar tristes.
Y así, la curiosidad de Milo pudo más y se acercó volando a la niña. Entró por la ventana entreabierta, llegó hasta ella y le habló con mucho cuidado: —¿Qué te ha pasado? —le preguntó con cariño. —Es que… ¡he perdido mi lazo rosa del pelo! —le contestó la niña, muy triste, y le dijo que se llamaba Isabelita. La niña de los rizos se secó una lagrimita que le caía por la mejilla.
Después, la niña le contó a Milo que tenía que ir a una actuación de ballet, pero que sin su lacito del pelo no podía ir. Y no lo encontraba por ninguna parte, lo había perdido en algún sitio. Isabelita ya había buscado por todo su cuarto, y hasta en el jardín, pero no lo había encontrado. —¡Sin mi lacito no puedo bailar! —dijo la niña, muy triste, y miró a la mariposita, que se le había posado en la mano.
—¡Tengo una idea! —exclamó Milo, decidido a ayudar a su nueva amiga. Y le susurró algo al oído. Isabelita se puso de puntillas de un salto, se secó las lágrimas que le rodaban por las mejillas coloradas, y en su cara apareció la sonrisa de niña más bonita del mundo.
Cuando la niña llegó a la actuación, llevaba en el pelo un lazo precioso. Y no era un lazo cualquiera. Un lazo como el de Isabelita no lo tenía nadie más. Era Milo, la mariposita, que se había posado en su moño para que la niña pudiera bailar. Bailó tan bien que la aplaudió todo el público, y también Milo. Y así Milo ayudó a la niña y le alegró el día.
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