
Cuentos para dormir
El pequeño unicornio
En un reino mágico, muy lejos de nuestro mundo, vivía un pequeño unicornio. Le encantaba jugar fuera, contar nubecitas, correr detrás de las mariposas y recoger florecitas para su mamá. A ella las flores que él le traía le gustaban más que nada. Pero siempre le advertía que tenía que volver a casa antes de que anocheciera, para encontrar el camino y no perderse.
Un día decidió cruzar un largo puente de madera hasta las cascadas, y allí se pasó toda la tarde jugando en el agua. ¡Le encantaba chapotear en el río! Sin darse cuenta, de repente, el sol se puso y el cielo empezó a oscurecer.
—¡Ay, no! —se asustó el unicornio—. ¡Tengo que ponerme en camino ya, mientras quede un poco de luz!
Corrió todo lo que pudo, pero antes de llegar al gran puente de madera, la oscuridad cubrió el cielo. Las estrellitas brillaban todo lo que podían, pero no era suficiente. El unicornio ya no veía el camino, y no era seguro cruzar el puente.
—¿Y ahora qué hago? —empezó a llorar el pequeño unicornio—. Tenía que haber hecho caso a mamá y haber estado más pendiente de la hora —se lamentaba.
Cerca del puente pasaba volando un hada con su farolillo mágico. Oyó los lloros del unicornio y enseguida fue a ayudarle.
—¿Qué te ha pasado? —le preguntó el hada—. ¿Ya se ha puesto el sol y ahora te da miedo cruzar el puente?
—Sí —contestó el unicornio—, no le hice caso a mamá y mira cómo he acabado. No veo el camino —sollozaba.
—No tengas miedo —lo consoló el hada—, ¡yo te ayudo! —Y, con un hechizo, encendió su farolillo con tanta fuerza que se veía hasta el otro lado del puente.
—¡Muchísimas gracias, hada buena! —gritó el unicornio, le dijo adiós con la pata y se puso en camino. Cruzó el puente en un santiamén y pronto estuvo en casa, donde se lo contó todo a su mamá. Ella lo abrazó para consolarlo y supo que, a partir de entonces, su pequeño unicornio le haría siempre caso.
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