
Cuentos para dormir
Natalia, Max y el gran oso malo
Más allá de las montañas y de los bosques, en un pueblito pequeño y tranquilo, vivían dos hermanos, Natalia y Max.
Los días se les pasaban alegres entre las tareas de la granja y lo que más les gustaba: leer libros, dar largos paseos por los alrededores y por el bosque, o ver sus series.
Un día de invierno, al amanecer, cuando todavía era de noche y todo el pueblo dormía a pierna suelta, a Natalia la despertó un ruido tremendo. La niña tenía miedo, pero decidió bajar corriendo las escaleras para ver qué pasaba.
¡Y resulta que en su casa se había colado un oso enorme! Parecía salido de una pesadilla, tenía unos colmillos afilados y rugía muy fuerte. Había entrado sin que nadie lo invitara, seguramente buscando algo de comer. Como no encontró nada, empezó a tirar cosas por todo el salón.
Natalia volvió a su cuarto, se puso su vestido azul con el cinturón amarillo y despertó a su hermano. Max también tenía miedo, porque no tenía ni idea de cómo librarse de aquel invitado que nadie había llamado.
Al final le dijo a su hermana que saliera a escondidas por la puerta de atrás y fuera a buscar ayuda. Mientras tanto, él vigilaría al oso desde lejos, en un sitio seguro.
Natalia llamó a la puerta de los vecinos. Todavía estaban medio dormidos y bastante sorprendidos, pero dejaron pasar a la niña.
—¡Necesitamos vuestra ayuda, se nos ha metido un oso en casa! —gritó Natalia.
—Tranquila, que os vamos a ayudar —dijo el vecino con cariño, y empezó a contar—: Ese oso lleva muchísimos años haciendo de las suyas por aquí. Ya me hablaban de él mis padres y mis abuelos. Mucha gente tenía miedo de que un día le hiciera daño a alguien. ¿Y sabes lo que hay que hacer en un momento así?
Natalia dijo que no con la cabeza, y el vecino se dispuso a contestar.
—No debéis tenerle miedo, porque él se alimenta de vuestro miedo. Cuando dejéis de tenerle miedo, le ganaréis. Pero nosotros os vamos a echar una mano. Toma, dale esto a tu hermano. —Y el vecino le dio a Natalia un tirachinas y unas cuantas bolitas de piedra.
La niña le dio las gracias al vecino por dejarla entrar y por ayudarla, y volvió a casa. El oso seguía armando jaleo en el salón, y Max lo vigilaba desde su escondite. Su hermana se lo contó todo y le dio el tirachinas del vecino.
—No tengas miedo y apunta —le dijo Natalia. Max reunió todo su valor y apuntó con el tirachinas directamente al oso malo.
El oso no entendía qué estaba pasando, empezó a gruñir enfadado y a enseñar sus dientes terribles. Pero después de unos cuantos disparos tuvo que reconocer que había perdido, y salió corriendo de la casa derechito al bosque.
—¿Ves? ¡Te lo dije, los vecinos tenían razón! —exclamó Natalia, entusiasmada—. ¡Ese oso horrible ya no va a volver a molestarnos! Por fin estamos tranquilos. Y ahora deberíamos ordenar un poco, porque lo ha dejado todo hecho un desastre.
Natalia y Max se pusieron a ordenar con muchas ganas, luego comieron bien a gusto y descansaron un buen rato después de un día tan lleno de aventuras. El oso no volvió a aparecer nunca más por el pueblo, y ellos vivieron con sus vecinos contentos y felices.
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