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El pingüinito Simón y la gran huida de invierno – cuento infantil

Cuentos para dormir

El pingüinito Simón y la gran huida de invierno

Jacobo M.1 de septiembre de 20265 min de lectura

La Nochebuena es un día que todos los niños buenos esperan con muchísimas ganas, sin poder aguantarse.

Esa noche, Papá Noel va de casa en casa y deja regalos debajo del árbol. Y cuando por fin suena la campanita, los niños encuentran allí los juguetes con los que soñaban y que habían pedido en sus cartas a Papá Noel.

En casa de Cristóbal pasaba lo mismo. Nuestro protagonista, un niño muy majo de primero, estaba deseando que llegara ese día. Se pasó todo el día en ascuas, pensando qué encontraría este año debajo del árbol y si Papá Noel habría leído de verdad su carta.

Cristóbal dormía siempre con su amigo de peluche, el pingüinito Simón, que le había traído Papá Noel el año anterior.

Se acordaba muy bien de lo contento que se había puesto con aquel regalo. Se llevaba al pingüinito a la guarde y de paseo, dormía con él en la camita, y el peluchito hasta se sentaba con él a la mesa a la hora de comer. Nadie se imaginaba lo que iba a pasar estas Navidades.

Cuando sonó la campanita, Cristóbal salió corriendo al salón. Debajo del árbol vio enseguida una caja bien grande envuelta en papel de regalo. Se puso a abrirla y… ¡dentro estaba la videoconsola último modelo! Cristóbal soltó un gritito de alegría. Justo con ese regalo había soñado todo el año. Todo el año se había esforzado en portarse bien para merecérselo. Y lo mejor de todo era que empezaban las vacaciones de Navidad. Eso quería decir un montón de días libres para jugar.

Cristóbal solo pensaba en su regalo. Por la mañana desayunaba a toda prisa y ya estaba sentado delante del juego, y jugaba y jugaba hasta la noche. Ni siquiera pedía el postre. Con tanto jaleo, se olvidó por completo de su amigo de peluche Simón. Ya no se lo llevaba a ningún sitio, no le hacía mimos y no le contaba sus secretos. Simón estaba triste, pero pensaba que a lo mejor Cristóbal solo estaba muy ocupado un ratito y que luego volvería a hacerle caso.

Pero no fue así. Cristóbal se pasó todas las vacaciones jugando a distintos juegos. A Simón, tirado en un rincón, ni lo miraba. Y la última noche de vacaciones se fue a dormir tan cansado que ni siquiera se llevó al pingüinito a la cama.

Aquello ya fue demasiado para Simón. Estaba destrozado porque Cristóbal se había olvidado de él del todo, y decidió irse de casa. «Seguro que encuentro una casa donde me quieran y me cuiden», pensó.

Cuando toda la casa estaba ya dormida, Simón se bajó de un salto, fue a pasitos cortos hasta la puerta y, casi sin hacer ruido, se escabulló fuera.

Fuera estaba oscuro como boca de lobo y hacía un frío que pelaba. A Simón le gustaba el invierno, pero ahora aquella helada empezaba a molestarle. Estuvo un rato dando vueltas por allí, pero en la oscuridad casi no veía nada y no sabía adónde ir. Al poco tiempo le entró miedo y se echó a llorar. Quería volver con Cristóbal, pero no sabía por dónde. Al final se escondió en un rinconcito junto a una valla y decidió esperar a que se hiciera de día. Y sin darse cuenta, se quedó dormido.

Por la mañana, el primer día después de las vacaciones, Cristóbal estaba desayunando, tomándose su colacao, cuando de repente se acordó de los deberes. Cada uno tenía que llevar al cole su juguete favorito. Cristóbal quería llevar a Simón, pero no lo encontraba por ningún lado. En su cuarto no estaba, y mamá y papá tampoco lo habían visto. Cristóbal, muy triste, se abrigó bien y se fue al cole.

Por el camino iba pensando dónde podría andar su amigo de peluche. Apenas había dado unos pasos cuando vio un peluche tirado junto a la acera. ¡Era Simón! ¡Estaba temblando de frío!

—¡Simón! ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¡Te he buscado por todas partes! —Cristóbal estaba muy nervioso.
—Como ya no me quieres, me he ido de casa —susurró el pingüinito, ya sin fuerzas.
—¿Cómo has podido pensar eso, bobito? Te quiero y eres mi mejor amigo. ¡Vamos, a casa, que te vas a resfriar!

Cristóbal levantó al pingüinito, lo envolvió en su bufanda y volvió corriendo a casa con él. Allí le preparó una infusión y lo metió en la camita. Simón se recuperó bastante rápido.

—Perdóname por haberme olvidado de ti estos días. Te quiero mucho y, si quieres, podemos jugar juntos a la consola —le propuso Cristóbal.
—Yo también te quiero, y me encantaría jugar contigo —se alegró Simón.

Y desde entonces, Cristóbal volvió a ir a todas partes con su amigo de peluche, y Simón fue feliz de que Cristóbal siempre se acordara de él.

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