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Cuento para niños - El tesoro del Viernes Santo

Cuentos para dormir

El tesoro del Viernes Santo

Martina K.22 de septiembre de 20264 min de lecturapara primaria

Se acerca la Pascua, y los amigos Juan y Tadeo están sentados en los escalones delante de la casa, contándose cosas: «El abuelo decía que el Viernes Santo, antes de Pascua, las rocas se abren y muestran tesoros».

Tadeo asiente y añade lo que él también ha oído. «Y dicen que allí donde en primavera florece una flor dorada, puede haber un tesoro escondido». Los dos hablan de ello tanto rato que al final deciden ir ellos mismos a buscar el tesoro y probar suerte. ¡Pero si el Viernes Santo es mañana! 

Por la noche preparan una mochilita. Meten en ella pan, una manzana y una botella de té, porque las aventuras, claro, no se van a buscar con hambre. Juan mete también una linternita, por si acaso tienen que asomarse a alguna grieta oscura de la roca. Cuando se acuestan, no pueden dormirse y no dejan de susurrar dónde podría estar aquel tesoro. Al final los vence el sueño, pero incluso dormidos sueñan con bosques y una luz dorada. 

La mañana es fría, pero está despejada. Y así los chicos salen a buscar el tesoro, cruzan hasta el camino que lleva al bosque, que quizá ya los lleve a alguna parte. Caminan entre los árboles y miran con atención al suelo, por si ven florecer algo en algún sitio. Pero la hierba todavía está baja y casi no hay flores. Y mucho menos doradas. 

Siguen caminando más y más, buscan junto a los tocones, junto a las piedras y también en un pequeño prado. «Quizá hemos venido demasiado pronto», dice Tadeo, y le da una patada a una piña. Juan mira a su alrededor, pero solo ve hojas secas y musgo. Cuando llegan a la roca, prueban incluso a darle unos golpecitos, por si acaso se abre y les muestra su tesoro. Pero no pasa nada, el bosque permanece en silencio y el tesoro no se ve por ninguna parte. 

Al cabo de un rato se sientan en un tronco caído y sacan la merienda. «Quizá la gente se lo haya inventado», dice Juan, y le da un bocado al pan. Tadeo se encoge de hombros y bebe un poco de té. Durante un rato solo se quedan sentados, escuchando la naturaleza y el lejano golpeteo de un pájaro carpintero. Parece que la expedición de hoy terminará siendo solo un paseo normal y corriente. 

Cuando termina de merendar, Tadeo ve entre las piedras unas florecitas que brillan al sol con un color dorado. Son pequeñas y discretas, pero su color brilla de verdad entre las piedras grises. Se acercan con cuidado y, detrás de las piedras, ven un pequeño manantial de agua que baja por la roca y reluce como hilos de cristal. El agua es tan clara que se ve cada piedrecita del fondo, y la pequeña cascada murmura suavemente. «Vaaau», se asombra Juan. «Parece un tesoro de verdad», susurra después. 

Se sientan junto al manantial y, durante un rato, solo escuchan el agua y el viento entre las copas de los árboles. El sol se refleja en la superficie del agua y crea destellos dorados que bailan sobre las piedras. De vuelta, comentan que, aunque no han encontrado un cofre lleno de oro, han encontrado un lugar al que les encantará ir para dar paseos estupendos. «Quizá los tesoros también sean así», dice Tadeo. Y Juan asiente, porque sabe que no olvidarán fácilmente este Viernes Santo. Y eso, desde luego, también cuenta como un tesoro. 

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