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En el safari – cuento infantil

Cuentos para dormir

En el safari

Marita P.17 de julio de 20264 min de lecturapara primaria

En un país muy lejano había una gran sabana. Allí vivían elefantes, jirafas, antílopes, cebras y otros animales. Todos vivían tranquilos juntos en los grandes espacios abiertos y en las llanuras. Su rey era el león. Era el más fuerte de todos. Pero también era listo, sabio y justo.

Un día, la cebra fue a ver al león y empezó a quejarse: —Esto no puede seguir así. Aquí no hay sitio suficiente. Tienes que decirles algo a esos antílopes tontos. Se extienden por todas partes, como si todo fuera suyo.

En ese momento llegó el antílope y dijo: —Eso no es verdad. Sois vosotras, las cebras, las que no nos dejáis sitio. Solo os miráis a vosotras mismas y no os fijáis nada en los demás.

El león los escuchó, se quedó pensando y preguntó: —¿No erais vosotros amigos? ¿Por qué ya no os lleváis bien? Aquí hay sitio y hierba de sobra. Pastad juntos.

Entonces la cebra, muy enfadada, empezó a levantarle la voz al león: —¿Y dónde vamos a pastar juntos? ¡Si aquí no hay hierba!

El león miró a su alrededor y en ese momento lo comprendió. Por allí no había hierba suficiente ni para las cebras ni para los antílopes, y por eso estaban los dos tan enfadados. No eran malos, solo tenían hambre. Como el león era sabio, no se enfadó con ellos. Los entendía. Les prometió que lo arreglaría.

Le pidió a su amigo el halcón que echara un vistazo por toda la sabana y averiguara dónde había hierba suficiente para las dos manadas. Para los antílopes y para las cebras. El halcón echó a volar y recorrió toda la sabana. Al final encontró una llanura con hierba jugosa, y mucha. Pero estaba muy lejos. Volvió volando junto al león y se lo contó todo.

El león era fuerte y sabía que él sí podría llegar hasta aquella llanura llena de hierba, pero los antílopes y las cebras eran más débiles. Les iba a costar mucho. Estaba demasiado lejos.

Después de pensarlo mucho, llamó a las dos manadas, la de los antílopes y la de las cebras, y les anunció lo que había decidido: —Queridos animales, siento mucho que aquí no tengáis hierba suficiente. Y también entiendo que, cuando tenéis hambre, os enfadéis. Mi amigo el halcón ha encontrado un sitio donde podréis pastar juntos. Allí hay hierba jugosa, y mucha. Solo que está lejos. Pero no os preocupéis, iré con vosotros y os llevaré hasta allí. Por el camino os ayudaré. —Y así fue.

Durante varios días, las cebras y los antílopes caminaron con mucho esfuerzo casi de punta a punta de la sabana. Pero el león cumplió su promesa. Durante todo el camino los protegió, los guio, esperó a los más débiles de la manada y hasta llevó a las crías a lomos. Cuando todos llegaron a las llanuras llenas de hierba, estaban entusiasmados. El antílope y la cebra fueron a ver al león y le dieron muchísimas gracias.

Una noche, mientras la cebra estaba tumbada en la hierba descansando, le preguntó al león: —¿Por qué nos has traído hasta aquí? No tenías por qué. Tú no comes hierba. Y además nos has protegido y nos has ayudado.

—Verás, mi querida cebra, ser rey no es solo tener más fuerza que nadie y enseñársela a todos. Un buen rey también tiene que tomar buenas decisiones y pensar en sus súbditos, para que los demás lo quieran. Y yo quiero ser un buen rey —contestó el león. —Eres un rey muy bueno —le dijo la cebra, y se quedó dormida tan a gusto.

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