
Cuentos para dormir
En la charca de los animales
Muy lejos de aquí, en un país de África, vivían unos cuantos animales. Todos se llevaban muy bien. Se ayudaban unos a otros. Eran como una gran familia de animales. Todas las tardes se reunían junto a una charca enorme. Una charca es algo así como un estanque donde los animales beben y se refrescan. Y, de paso, siempre se ponen a charlar.
Ya era bastante tarde cuando a la charca llegó un grupito de elefantes. Pero ese día tenían un aspecto distinto. Llevaban barro seco por todo el cuerpo. No tenían ni un trocito limpio. Los monos los miraban de reojo. —¿Qué crees que tienen? ¿Por qué van así? ¿Tú crees que saben que están tan sucios? —cuchicheaban los monitos más pequeños. Las jirafas los miraban desde arriba y los hipopótamos solo meneaban la cabeza. Hasta que las hienas, que siempre lo decían todo en voz alta y además se reían de todo sin parar, gritaron al ver a los elefantes: —¡Anda! ¿Y esto qué es? Os habéis equivocado, ¿no? Esto no es una pocilga y vosotros no sois cerditos —se burlaban las hienas señalando a los elefantes sucios. Los demás animales no dijeron nada, pero también pensaban que parecían cochinillos. Y las hienas se reían y se reían, hasta partirse de risa.
Todo el mundo sabe que los elefantes son animales listos. Sabios y tranquilos. Casi nunca se enfadan con nadie porque sí. Así que también esta vez el elefante más viejo del grupo solo dio unos pasos adelante. Se plantó delante de las hienas y de los demás animales que miraban, y dijo: —Hiena, antes de reírte, primero pregunta. Ya sé que no somos cerditos y que esto no es una pocilga. Además, te sorprendería lo limpios que son los cerditos. ¿No crees que tenemos un motivo para ir llenos de barro? —Sí, sí, un motivo. Para que todos nos podamos reír, ese es el motivo —siguió burlándose la hiena.
—¿Qué te protege del sol? —continuó el elefante. —¿Qué va a ser? Mi precioso pelaje —presumió la hiena. —¿Y qué te protege de las pulgas, de los mosquitos y de otros bichos? —siguió preguntando el elefante. La hiena se quedó pensando y luego dijo: —Pues muevo la cola y las orejas, y no paro quieta. Así los espanto. —Pues nosotros tenemos otra protección. El barro extendido y seco sobre el cuerpo nos protege del sol y de los bichos. No es para ir guapos, pero así podemos estar tranquilos en la charca, sin tener que espantar moscas ni escondernos del sol.
La hiena se calló. Ya no se reía. Estaba contenta de que el elefante no la hubiera regañado ni le hubiera pisado una pata por burlarse de una forma tan tonta. —¡Hala, qué idea tan buena, elefante! —gritaban los monitos, y se escondían debajo de los elefantes—. Pues nosotros nos ponemos debajo de vosotros, y así tampoco nos picarán los bichos y estaremos a la sombrita. El elefante solo sonrió. Todos en el grupo estaban contentos de que su amigo más viejo lo hubiera explicado tan bien y no hubiera empezado una pelea. Desde entonces, la hiena ya no se reía de nadie. No se olvidó de que en la naturaleza todo tiene su porqué.
Cuentos cortos Cuentos de animales Cuentos para preescolar Fábulas




¿Qué te pareció el cuento?