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La avioneta tacaña – cuento infantil

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La avioneta tacaña

Marita P.14 de junio de 20263 min de lecturapara primaria

Muy lejos, más allá de nuestro pueblo, había un aeródromo pequeñito. Allí había dos aviones. Uno era azul y el otro, verde. Todos los que los conocían los llamaban Azulín y Verdín. Eran avionetas pequeñas. De día, la gente podía dar una vuelta en ellas si quería ver el paisaje desde el cielo. Subían, y las avionetas los llevaban de aquí para allá, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, vamos, por todo el cielo. Era una maravilla. Pero por la noche las avionetas tenían otra vida.

Muy poca gente sabía que, en cuanto se apagaban las farolas y todo el pueblo se iba a dormir, las avionetas cobraban vida. Encendían sus luces, miraban un ratito alrededor por si había alguien, y luego despegaban. Volaban muy lejos, daban volteretas en el aire y disfrutaban de verdad de no llevar a nadie y de que nadie fuera sentado dentro. Los pajaritos ya llevaban mucho rato dormidos y por allí nunca volaba ningún otro avión. Solo los nuestros. Azulín y Verdín.

Una noche, cuando salieron a volar, Azulín empezó a dar tirones de repente. Era como si le fallara el motor. Se revisó a toda prisa, pero no encontró nada. Y entonces lo descubrió. Se le había encendido la lucecita que avisaba de que le quedaba poca gasolina. Empezó a llamar a Verdín: —¡Amigo, por favor, ayúdame! Acércate y dame un poco de gasolina. No me da tiempo a llegar al suelo y no quiero estrellarme. Verdín lo miró y le contestó muy seco: —Yo también tengo poca. Haber llenado el depósito antes de salir.

Azulín no se lo podía creer. Se lo pidió unas cuantas veces más, pero Verdín había decidido ser tacaño, y punto. A Azulín no le quedó más remedio que intentar aterrizar. Pero estaba lejos del aeródromo. Vio un prado y lo intentó. Llegó al suelo a muchísima velocidad y se rompió un ala. Allí se quedó, tirado en el suelo, quejándose. Un golpe así habría despertado a cualquiera. Al poco rato la gente acudió corriendo a su alrededor e intentó arreglarlo y llevarlo de vuelta al aeródromo.

Mientras tanto, Verdín volvió. Se colocó en su sitio, apagó todas sus luces y se quedó muy triste. Se dio cuenta de que todo aquello le había pasado a Azulín solo porque él había sido tacaño y no le había dado un poco de gasolina. —¿Y si se hubiera roto del todo? ¿Y si me hubiera quedado solo para siempre? —pensaba en voz alta.

Tardaron mucho en arreglar a Azulín. Todo ese tiempo Verdín lo cuidó. También le pidió perdón enseguida y le prometió que ya no sería tacaño y que le ayudaría. Al cabo de un tiempo, las dos avionetas volvieron a aparecer en el cielo. Volaban muy cerquita la una de la otra, para poder ayudarse en cualquier momento. Azulín perdonó a su amigo y Verdín nunca más volvió a ser tacaño. Sabía que la amistad es más importante.

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