
Cuentos para dormir
La ciempiés Inés
Había una vez una ciempiés que se llamaba Inés. Esta ciempiés tan chiquitita vivía en un prado precioso, debajo de un árbol grande, donde se había hecho una casita con pétalos de flores. ¿Y sabéis por qué al ciempiés se le llama ciempiés? ¡Pues porque tiene muchísimas patitas, y algunos tienen hasta cien!
Inés era muy curiosa y le encantaba trepar por todas las flores bonitas que descubría en el prado. Pero como era chiquitita y tenía tantas patitas, los demás bichitos del prado se burlaban de ella a menudo. —¡Mirad, la ciempiés Inés! ¡Qué pequeñaja es, y mirad qué patitas tan pequeñas! Tiene muchas, sí, pero ninguna es grande de verdad, como las nuestras, las de los escarabajos —se burlaban los grandes escarabajos marrones, señalando sus patitas. —¡Nunca llegarás a ningún sitio tan deprisa como nosotras! —bromeaban las hormigas. Inés sabía que, aunque fuera chiquitita, con sus patitas podía llegar rápido a cualquier parte, a lo mejor incluso más rápido que las hormigas. Estaba orgullosa de sus patitas, aunque fueran pequeñas. «Algún día les enseñaré lo especiales que son mis patas, y también que sé ser rápida», pensaba mientras caminaba por el prado.
Después de muchos días de lluvia, aquel día era de verdad bonito y soleado, perfecto para dar un paseo. Así que la ciempiés salió a pasear por el prado. ¡Seguro que descubría alguna florecilla nueva a la que subir para admirar sus hojitas tan bonitas!
Iba caminando cuando vio un diente de león precioso. Pero era más grande que los otros dientes de león. Sobresalía entre todos. Inés decidió subir hasta arriba para admirar sus pétalos amarillos. Cuando se acercaba, notó una brisa suave pero fría. El cielo empezó a cubrirse poco a poco con un abrigo oscuro. Las flores se doblaban de un lado a otro y todos los bichitos del prado corrían a ponerse a salvo. Se acercaba una gran tormenta.
Mientras Inés volvía a su casita para resguardarse de la tormenta, vio a la abejita Bía. Estaba temblando debajo de unas briznas de hierba. No podía irse volando. El viento soplaba más fuerte y empezó a llover. Sus alitas estaban demasiado mojadas para volar, y su casa estaba demasiado lejos para refugiarse de la tormenta.
Inés estaba decidida a ayudar a la pequeña abeja. La abejita era la única que nunca se había reído de ella, así que la ciempiés corrió hacia ella sin pensárselo dos veces. Se subió a la abejita a la espalda y salió corriendo con ella para ponerla a salvo.
—¡Hola, Inés! —dijo Bía, asustada, agarrándose a la pequeña ciempiés con todas sus fuerzas—. ¿Con lo chiquitita que eres y puedes llevarme encima? —preguntó la abejita, sorprendida.
—Seré una ciempiés pequeña, ¡pero tengo cien patas para llevarnos a las dos! Y ahora tenemos que escondernos de la tormenta, ¡no pienso dejarte aquí! —dijo Inés mientras corrían por el prado hacia un lugar seguro.
Las patitas de Inés trabajaron todas juntas, rápidas y fuertes, y llevaron a las dos hasta el refugio donde vivía la ciempiés. Cuando por fin llegaron, la abejita sacudió las alitas para quitarse las gotas. Estaban las dos empapadas, ella y la ciempiés Inés.
—¡Gracias, Inés, me has salvado! —dijo sonriendo la abejita Bía.
Al día siguiente, cuando la tormenta ya se había ido y el sol asomó entre las flores, la abejita les contó a todos cómo la ciempiés Inés la había salvado de la tormenta. La gran noticia de la hazaña de la ciempiés fue pasando de abeja en abeja, hasta que llegó a todos los animalitos del prado. Todos fueron a aplaudir a Inés. Ella se emocionó tanto que se echó a llorar. Estaba orgullosa de lo que había hecho, pero sabía que los amigos tienen que ayudarse.
Hasta los escarabajos y las hormigas admiraron lo que había hecho Inés, y también le aplaudieron.
Y así, la pequeña ciempiés Inés se convirtió en la heroína del prado, y les demostró a todos, pero sobre todo a sí misma, que hasta las criaturas más pequeñas pueden ser las más valientes.
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