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La mosquita que no quería ser mosca – cuento para niños

Cuentos para dormir

La mosquita que no quería ser mosca

Dita T.8 de mayo de 20265 min de lecturapara preescolar

Érase una vez una familia de moscas. En ese momento estaban comiendo sobre un trocito de estiércol muy oloroso, cerca del establo de las vacas, y se estaban dando un buen festín. Bueno, no todas disfrutaban. La mosca pequeñita ponía mala cara y no quería comer estiércol.

—Esto apesta. No entiendo por qué no podemos ir volando a aquel jardín, que huele tan bien a comida —refunfuñaba y zumbaba la mosca pequeña.

—Porque la gente vigila su comida —le explicó papá mosca—. ¿Es que quieres que te den con el matamoscas?

—No, pero no quiero comer este estiércol asqueroso y apestoso —seguía refunfuñando.

—Eres una mosca, cariño —lo intentó mamá—. Las moscas nos damos banquetes con las sobras, y así ayudamos a descomponerlas para que el mundo esté bonito. Y, claro, también nos damos banquetes de estiércol. Eres una mosca, así que acéptalo.

—¿Y si no quiero ser mosca? —zumbó la mosquita, y se fue volando.

Se posó en la valla del jardín. Desde allí veía a las abejas volando de flor en flor, recogiendo el polen perfumado de las flores del jardín.

—Yo quiero ser abeja, ellas no tienen que andar por el estiércol —zumbó la mosca, mirando a las abejas con envidia.

En ese momento llegó volando un avispón enorme. 

—Las moscas son útiles, alégrate de ser mosca. Pero, si de verdad quieres cambiar, te concedo tres deseos de avispón. Es que soy un avispón mágico. Solo tienes que decir «por orden del avispón» y tu deseo se cumplirá. Pero piensa bien, que sean deseos sensatos.

El avispón se fue volando y la mosca se quedó sola en la valla. No se lo pensó ni un momento y soltó enseguida: —¡Por orden del avispón, que sea abeja!

¡Y puf! La mosca se convirtió en abeja. Se lanzó a las florecillas y se puso a olerlas. 

Esto es mucho mejor que el estiércol, pensaba la mosca, que ahora era abeja. Hasta que llegó volando otra abeja.

—Oye, ¿qué haces aquí haciendo el tonto? Tenemos que recoger todo el polen que podamos y ¡a la colmena! —le dijo.

Y así nuestra mosca-abeja tuvo que pasarse el día entero recogiendo polen, llevándolo a la colmena y haciendo miel. Acabó agotada, porque no podía sentarse a descansar ni un momentito. ¡Con lo que le habría gustado descansar! Pero cuando se posó en un banco al sol para calentarse un poco, se sentó a su lado una persona.

—¡Cuidado, tú! —le gritó su amiga abeja—. ¡Que no te aplaste! Las abejas podemos picar, sí, pero solo una vez. Y después nos morimos.

Aquello asustó a la mosca, que se fue volando rapidísimo y se posó en la valla. Las abejas la llamaban para que volviera al trabajo, ¡pero la mosca estaba ya tan cansada! Aquella no era vida para ella. Ser abeja es demasiado duro.

—Por orden del avispón, que sea avispa. Ellas seguro que no trabajan tanto —dijo la mosca.

¡Y puf! En lugar de la abeja, allí estaba sentada una avispa. Era más grande, más delgada y más rápida. ¡Qué maravilla! Cuando se encontró con otra avispa, la saludó.

—Hola, avispita, ¿qué pasa si me aplasta una persona? —preguntó enseguida la mosca-avispa.

—Le picas y te vas volando. Las avispas podemos repartir todos los picotazos que queramos.

—¡Pues qué maravilla!

—No tanto. La gente nos tiene miedo e intenta atraernos con cosas dulces dentro de botellas, donde luego nos ahogamos —le advirtió su amiga avispa—. Y eso que somos útiles. Sin nosotras habría demasiados insectos molestos.

—Yo tampoco quiero comer insectos. Y molestar a la gente todavía más que cuando era mosca, eso tampoco. Por orden del avispón, que vuelva a ser mosca.

¡Y puf! La simpática avispa volvió a ser una mosca. Voló hasta casa, donde la esperaba su familia de moscas.

—¡Mosquita nuestra, ya estábamos preocupados por ti! —dijo mamá.

—Hoy os invito a todos a comer al jardín, donde las avispas han mordisqueado las manzanas. ¡Qué festín nos vamos a dar! —dijo papá.

—¿Hoy no hay estiércol para comer? ¡Bieeen! —se alegraba la mosquita, y se fue con su familia al jardín, a por las manzanas.

Y así fue como la mosca se alegró de volver a ser mosca. Porque en la naturaleza cada uno tiene su sitio. Todos somos importantes en la naturaleza. Incluso una mosca pequeñita e insignificante.

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