
Cuentos para dormir
La concha y su perla
En el océano profundo, allá abajo del todo, en el fondo, crecían unos corales preciosos. Parecían plantas de muchos colores. Algunos eran más grandes y otros más pequeños. Los había rojos, amarillos, verdes y naranjas. En el agua se mecían de un lado a otro, según hacia dónde fuera la corriente. Estos corales eran la casa de algunos pececillos. Pero también de muchas conchas. Las conchas también se escondían entre los corales, para que no las encontraran los pescadores ni los buceadores. Se escondían allí porque cuidaban de algo muy valioso. Cada concha llevaba dentro una perla preciosa. Blanca como la nieve.
Entre un coral rojo y uno azul se escondía una concha muy especial. Vivía allí tan contenta y protegía la perla que tenía. La concha estaba cerrada y tenía la perla bien guardada. Si alguien quisiera llevársela, tendría que conseguir abrir la concha. Pero la concha no lo permitía así como así. Cuando alguien lo intentaba a la fuerza, se cerraba tan fuerte que nadie podía con ella.
Un día que la concha descansaba entre sus corales, de repente el agua a su alrededor se agitó y aparecieron burbujas. La concha sabía lo que eso significaba. Se acercaba un buceador que iba a querer su perla. Y tenía razón. Al ratito apareció una figura grande que nadaba a su alrededor y la miraba de arriba abajo. El buceador pensaba cómo abrir la concha. La tomó en la mano e intentó apretarla. No había manera. Luego intentó partirla por la mitad con un cuchillito. Tampoco lo consiguió. La conchita se mantenía cerrada todo lo fuerte que podía.
—Si tú vienes con fuerza, yo con más fuerza todavía. Y no me abro —se decía la concha. Al cabo de unos minutos, el buceador se dio por vencido. Se fue nadando a otra parte y la concha respiró aliviada: había ganado.
Pero una mañana apareció junto a la concha otro buceador. Este se portaba de otra manera. Nadaba despacito entre los corales y admiraba lo bonitos que eran. Cuando vio la concha cerrada, la tomó con mucha delicadeza. La fue girando y observando sus formas y sus colores preciosos. Fue tan cuidadoso y tan amable con ella que la conchita se quedó de lo más sorprendida. Al cabo de un rato, la volvió a dejar entre los corales.
—¿Cómo? ¿No quiere partirme ni romperme? —se asombraba ella sola. Como premio, la concha se abrió para él. Le enseñó su perla y le dejó llevársela. El buceador se puso feliz al ver lo que la concha le había dado y se fue nadando muy contento. La concha sabía que, al cabo de un tiempo, dentro de ella se formaría otra perla. A este buceador le había dado su tesoro con gusto. No había sido brusco con ella y se había portado bien. Por eso ella también fue buena con él. Sabía que así es como tiene que ser. No le dio ninguna pena quedarse ahora sin perla. Aquel buceador se la había merecido. Y él nunca olvidó que, si trataba bien a la naturaleza, la naturaleza se lo devolvería.
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