
Cuentos para dormir
Cómo los abuelitos buscaron a su perrito
En una casita a las afueras del pueblo vivían un abuelito y una abuelita que tenían un perrito. Era un perrito pequeño y peludo, y los dos viejecitos lo querían muchísimo.
Un día, justo después de comer, la abuelita le puso al perrito en su cuenco un trocito de carne cocida. Ya se estaba imaginando cómo vendría corriendo a comérselo, pero el perrito no aparecía por ningún sitio.
—Abuelo, ¿has visto a nuestro perrito? —preguntó la abuelita.
—¿No está debajo de la mesa? —preguntó el abuelito, y se agachó para mirar. Pero allí no estaba.
—¡Qué raro! —se lamentaba la abuelita—. Nunca ha dejado de venir en cuanto oye tintinear su cuenco.
La abuelita y el abuelito recorrieron la casa buscando por si el perrito estaba durmiendo en su camita, si se había metido debajo de la escalera o si se había escondido en el cuarto de baño. Allí se iba a esconder a veces, cuando algo le daba miedo. Pero el perrito no estaba ni aquí ni allá.
—Oye, abuelo —se acordó de pronto la abuelita—. ¿No lo hemos dejado salir al jardín antes de comer? ¡A ver si se ha escapado y se ha perdido!
—No te preocupes, abuela —la tranquilizaba el abuelito—. Seguro que lo encontramos.
El abuelito y la abuelita se abrigaron y salieron a buscar a su perrito. Salieron a la puerta y lo llamaron, pero el perrito no vino. Cruzaron el jardín y pasaron por el gallinero. La abuelita se volvió hacia las gallinas.
—Gallinitas, ¿no habéis visto por aquí a nuestro perrito?
—Coc, coc, coc, no lo hemos visto.
Detrás de la valla del jardín, en un cercado, pastaban unos caballos.
—¡Caballitos! —los llamó el abuelito—. ¿No habéis visto pasar corriendo a nuestro perrito?
—¡Iiiii, no lo hemos visto!
De donde estaban los caballos llegó corriendo una gatita, que empezó a frotarse cariñosa contra las piernas de la abuelita.
—Gatita, ¿has visto a nuestro perrito? —le preguntó la abuelita.
—Miau, no lo he visto.
Por el cielo pasó volando una golondrina. Volaba bajito y avisaba de que pronto iba a llover. La abuelita y el abuelito volvieron a casa para no mojarse. Estaban muy tristes por no haber encontrado al perrito. Pero, al entrar en casa, la abuelita oyó que algo gruñía por algún sitio.
—Abuelo, no gruñas.
—Si no soy yo, abuela —dijo el abuelito, y los dos se pusieron a escuchar de dónde venía aquel ruido tan raro.
Llegaron hasta el dormitorio, donde el gruñido se oía más fuerte. Salía de la cama. La abuelita se acercó, levantó el edredón y ¿qué se encontró? ¡En la cama estaba durmiendo su perrito!
—¡Así que aquí te habías escondido, granujilla! —se reía la abuelita, acariciando al perrito.
El perrito se despertó y dejó de roncar tan fuerte. Movía la colita muy contento.
—¡Roncas igual de fuerte que un oso! —se reía el abuelito, y fue enseguida a tomar al perrito en brazos—. ¡Y nosotros que pensábamos que te habías perdido!
Aquel día, en la casita a las afueras del pueblo, todo fue alegría. El abuelito y la abuelita encontraron a su perrito y allí siguen viviendo con él, felices y contentos, hasta el día de hoy.
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