
Cuentos para dormir
La fiesta de los animales del bosque
Los días de invierno pasaron volando y el solecito hacía ya mucho que había derretido la última nieve. Sus rayos calentaban cada vez más y despertaron a todos los animalitos que habían dormido durante el invierno. Y los que no dormían también salían corriendo al sol para calentarse el cuerpecito. Los pajaritos afinaron sus notas de primavera y cantaban a más no poder. Había llegado otra vez la primavera.
«Esto merece una buena fiesta», pensaron los animalitos del bosque. Y así decidieron celebrar todos juntos la llegada de la primavera.
—Pero ¿cómo lo haremos? ¿Quién lo va a preparar? —preguntó la liebre.
—Todos tenemos que aportar algo para que la fiesta sea perfecta —contestó el sabio búho.
Y así, los animalitos corrieron a todos los rincones del bosque y empezaron a buscar qué llevar a la fiesta.
La liebre sacó zanahorias de su despensa y las llevó al claro, donde las ardillas ya estaban poniendo un mantel de musgo verde sobre un tocón enorme. Ellas trajeron unas cuantas nueces. El ciervo y la cierva llevaron agua para que todos los animalitos tuvieran algo de beber. Las abejitas trajeron un poquito de miel, y las lagartijas llevaban florecitas de margaritas y campanillas de invierno para que todo quedara muy bonito.
El oso se encargó de la diversión. Trajo un montón de cosas de todo tipo: unos prismáticos, un móvil, un lápiz y papeles, unos guantes, unas llaves y un sombrero verde. Los animalitos ya estaban deseando ver cuánto se iban a divertir con todo aquello.
—¿De dónde has sacado eso, oso? —preguntó extrañada la zorra, que todavía no había traído nada.
—De allí, junto al puesto de caza. El cazador se dejó la mochila. Vio una corza, salió corriendo detrás de ella y la mochila se quedó allí. Así que se la he tomado prestada —dijo el oso.
Cuando los animalitos tuvieron preparada la comida, la bebida y los adornos, se reunieron todos en el claro. Llegaron volando también los pajaritos, que habían decidido poner la música a cambio de unos granitos. Y así iban turnándose y cantaban de maravilla sus canciones de primavera. A la fiesta llegó también la zorra. Quería probar el banquete, pero el búho le dijo: —Tú, zorra, no has aportado nada. No has traído nada ni has ayudado en nada, así que no puedes comer con nosotros.
—Es que yo no tengo nada ni sé hacer nada —dijo la zorra, muy triste.
—Seguro que sabes hacer algo que los demás no saben —le contestó el búho.
—Me sé un montón de historias divertidas de zorros —sonrió la zorra.
—¿Lo ves? ¿Y si nos cuentas alguna? Porque en una fiesta no solo hace falta comida, también hacen falta risas.
Y así la fiesta pudo continuar. Todos los animalitos se lo pasaban en grande. Fue una fiesta preciosa, porque cada animalito había puesto su granito de arena; cada uno la había hecho mejor a su manera. Unos con comida, otros con agua, el oso con sus cosas divertidas y la zorra trajo las risas con sus historias.
Por ejemplo, esta historia de zorros les gustó muchísimo a los animalitos. Era sobre un zorro viejo que, en invierno, iba a dormir a la casita de una abuelita.
—Cada vez que llegaba —contaba la zorra—, la abuelita lo acariciaba y le echaba comida en un platito. Al zorro aquello le gustaba bastante, pero al final dejó de ir. No le gustaba nada que la abuelita lo llamara Michi.
Los animalitos se rieron tanto que se tenían que sujetar la barriga. Pero la historia todavía no había terminado.
—Luego el zorro iba a pasar el invierno a casa de un cazador. Pero el hombre veía mal, siempre se dejaba las gafas en algún sitio, así que al viejo zorro no le fue mucho mejor. El cazador lo llamaba Toby y lo metía en la caseta del perro, porque lo confundía con su perro.
Entonces levantó la pata el lebratillo.
—¿Os puedo poner una adivinanza?
—Claro que sí, lebratillo —le hizo una seña el búho con el ala para que hablara.
—¿Sabéis cuándo las liebres están sucias y huelen mal?
Nadie lo sabía. El lebratillo se lo tuvo que decir.
—¡Pues cuando al oso se le acaba el papel higiénico!
Y así la fiesta terminó con mucha alegría. Los animalitos recogieron el claro y estaban contentos de vivir en un bosque tan bonito, donde todos se ayudan y disfrutan juntos de la vida.
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