
Cuentos para dormir
La leyenda del príncipe Popiel y los ratones
Leyenda para niños mayores: tiene un final más triste. Recomendamos leerla junto con papá o mamá.
Dicen que esta historia pasó hace muchísimo, muchísimo tiempo, no junto al lago Solina, ni junto a los lagos de Masuria, sino junto a los lagos que rodean Gniezno, o más exactamente, a orillas del lago Gopło. Hoy está casi olvidado, pero hubo un tiempo en que el señor de Kruszwica, casi invencible, se llamaba Popiel. El príncipe Popiel era un gobernante cruel, y no menos cruel era su esposa, Gerda.
Los dos trataban a sus súbditos con crueldad. También sabían vencer a sus enemigos, así que parecía que su poder no tenía límites y que nadie podría ocupar su lugar. El llanto de los súbditos se oía muy lejos, sobre las aguas del lago Gopło, y el eco lo llevaba más y más allá. Hasta que aquel llanto llegó a los oídos de un viejo adivino. El adivino decidió ayudar a los súbditos de Popiel y se fue deprisa a visitar la corte del príncipe.
El príncipe Popiel lo recibió en el salón del trono como a un invitado al que no pensaba hacer ningún honor especial. Y es que un viejo como aquel adivino no le impresionaba nada. Pero al príncipe y a su esposa les pudo la curiosidad por saber qué querría decirles.
—Ya que te has molestado en venir hasta aquí, di a qué vienes —le soltó el viejo Popiel sin rodeos.
—Mi profecía solo tiene un aviso para ti, príncipe —respondió el viejo adivino—. Cuídate de los ratones. Los ratones serán tu fin.
Al oírlo, el viejo Popiel y Gerda soltaron una carcajada. Ya habían vencido a enemigos peores. Y en el castillo hacía muchísimo que nadie veía un ratón.
—Muy bien, ya te puedes ir con tu sabiduría —dijo Popiel, y mandó a los guardias que echaran al invitado fuera de las murallas.
El adivino se sacudió el polvo de la ropa y se puso en camino. Se le encogía el corazón cada vez que pensaba en lo que les esperaba a los súbditos de aquel príncipe malvado.
Pero con el tiempo resultó que en el castillo se hablaba de ratones cada vez más a menudo. Un día, Popiel y Gerda decidieron llevar a cabo uno de sus planes crueles: querían envenenar a uno de los parientes de Popiel. Así el viejo príncipe conseguiría todavía más poder, y eso le encantaba. Solo con pensarlo, sonreía con su sonrisa malvada.
La noche en que invitó a su hermano al castillo, la gente se dio cuenta por primera vez de que en el castillo había muchísimos ratones. Se escondían casi por todas partes. Debajo de la escoba, junto a las chimeneas, en los agujeros. Corrían por el suelo, y también por las paredes.
Durante la cena en la que iban a envenenar al hermano de Popiel, todos brindaron. Y el viejo príncipe se horrorizó, porque en su copa había… ¡un ratón!
—¡Mujer! ¿Te acuerdas de aquella profecía tan rara que nos hizo el viejo adivino? —le susurró al oído a su esposa el viejo Popiel, algo asustado—. ¿Se estará cumpliendo la amenaza?
—No lo creo, te asustas por nada —respondió su esposa—. Manda a los criados que traigan la comida.
Y así se hizo. Pero cuando levantaron las tapas especiales que cubrían la comida, resultó que debajo no había comida ninguna… ¡solo ratones vivos y bien gordos!
Aquello asustó tanto al viejo Popiel que se subió de un salto a la silla. Solo pudo gritarle a su esposa: —¡Huyamos!
Gerda tenía el mismo miedo. Un ratón tiene explicación, pero ¿tantos a la vez?
Los dos corrieron hacia la barquita que estaba amarrada junto a la puerta del poblado fortificado, en la orilla del lago. Se subieron a toda prisa y cruzaron hasta la torre que se alzaba en medio del lago. Subieron rapidísimo por las escaleras hasta lo más alto.
Pero esta vez los ratones no se rindieron. Corrieron detrás del viejo Popiel y su esposa. Rodearon toda la islita, toda la torre. Y se quedaron allí hasta que el viejo Popiel y su esposa exhalaron su último aliento. Así se vengó la naturaleza de los malvados señores de Kruszwica, y así se cumplió la profecía.
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