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Aladino y la lámpara maravillosa – cuento para dormir

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Aladino y la lámpara maravillosa

Dita T.7 de julio de 20268 min de lecturapara primaria

Hace mucho, mucho tiempo, en un país muy lejano, vivía un muchacho pobre. Se llamaba Aladino. Cada día paseaba por los mercados entre la gente; le encantaba el bullicio y le gustaba mirar todas las cosas bonitas que vendían los mercaderes. Pero solo podía mirar: él y su madre eran pobres y no podían comprar nada de aquello.

Un día, Aladino conoció en el mercado a un hombre muy interesante. Parecía un rico mercader de tierras lejanas, pero en realidad era un brujo. Le contaba a Aladino historias llenas de aventuras. Al chico le encantaba escucharlas, y por la noche se las contaba a su madre.

—No sé, Aladino —decía su madre—. Ese hombre no me da buena espina. Sus historias son interesantes, eso sí, pero ten cuidado con él. No lo conoces de nada, y tú te fías de todo el mundo. No todas las personas son buenas y honradas.

Pero al día siguiente Aladino volvió a encontrarse con el brujo. Sus historias eran todavía más interesantes que las del día anterior. Luego se llevó a Aladino a las afueras de la ciudad.

—¿Te gustaría vivir tú también una pequeña aventura? —le preguntó el brujo.

—¡Claro que sí! Pero aquí en la ciudad no hay ninguna.

—Aquí está la entrada a una cueva bajo tierra. Tú eres delgadito, tú cabrás.

—Yo aquí no veo nada. Solo rocas y arena —dijo Aladino con el ceño fruncido, mirando el sitio que señalaba el brujo.

—Es que primero tengo que decir la contraseña. Bueno, el conjuro. En cuanto se abra la entrada, te cuelas dentro y me traes una vieja lámpara de aceite. Y no toques nada más, ¿entendido?

Aladino tenía todavía un montón de preguntas, pero el brujo ya había empezado a murmurar las palabras mágicas. Las piedras se apartaron y dejaron una rendija tan estrecha que hasta Aladino tuvo que apretarse para pasar.

En cuanto estuvo abajo, lo rodeó la oscuridad y un olor a cerrado, como de un sitio que nadie había pisado en muchísimo tiempo. Cuando se le acostumbraron los ojos a la penumbra, casi se cae sentado del asombro. A su alrededor había tanto oro, tantas joyas y piedras preciosas que no podía ni moverse. En su vida había visto nada igual.

—¡Venga, venga! ¡Corre a por esa lámpara y no te fijes en nada más! —gritaba el brujo desde arriba.

Aladino corrió hasta el fondo de la cueva a por la lámpara. La tomó y la llevó de vuelta. Pero entonces le llamó la atención un anillo precioso. No pudo resistirse: lo tomó y se lo puso en el dedo. ¿Y por qué llevarse solo el anillo? Algo también para mamá, para que no tuviera que pasarlo mal nunca más. Y se metió un puñado de oro en el bolsillo.

—¡Aladino, date prisa! ¡La entrada se va a cerrar enseguida! ¡Tírame la lámpara! —insistía el brujo.

—Pues primero sáqueme de aquí —dijo Aladino, porque tan tonto no era.

El brujo, de mala gana, sacó a Aladino, le arrancó la lámpara de las manos e intentó tirarlo otra vez al agujero. Y lo consiguió, pero Aladino tuvo tiempo de quitarle la lámpara y cayó a la cueva con ella. La entrada se cerró y el brujo se quedó con las ganas.

Aladino se quedó sentado a oscuras, pensando por qué una lámpara tan vieja y polvorienta era tan importante para el brujo. La frotó para quitarle el polvo y, de pronto, la lámpara empezó a temblar. Aladino la dejó con cuidado en el suelo y vio cómo del pico de la lámpara salía un humo. El humo tomó la forma de un hombre con una ropa muy rara.

—Soy el genio de esta lámpara. Sirvo a quien me llama. ¿Qué deseas, mi amo? —dijo aquel espíritu.

—¿Por qué llevas una faldita rosa de niña y un sombrero de pirata? —le preguntó Aladino, desconfiado.

—Perdona, pero dentro de la lámpara me aburro muchísimo. Algo tengo que hacer para entretenerme. Espera, que me cambio.

El humo se metió en la lámpara y en un momento el genio estaba de vuelta. Esta vez ya tenía un aspecto normal.

—Bueno, ahora el deseo. Te concederé lo que quieras.

—¿De verdad? —Aladino no se lo creía—. Pues quiero aparecer en casa con una buena parte de este tesoro que hay por aquí tirado.

Y sin darse cuenta ya estaba en casa con el dinero. Abrazó a su madre y los dos se alegraron muchísimo de que ya no les iba a faltar de nada.

—¡Voy a ser rico! ¡Podré pedir la mano de la hija del sultán! —decía Aladino, feliz.

La hija del sultán, la princesa Jasmín, le gustaba desde hacía mucho tiempo. La veía cuando pasaba en su carroza por la calle principal, entre los puestos del mercado. Y dicho y hecho.

El sultán dijo que sí, pero puso una condición.

—Te daré a mi hija por esposa. Pero tienes que construirle un palacio precioso, como no lo tiene nadie.

Aladino sonrió. Con la lámpara mágica eso no iba a ser ningún problema. Le dio las órdenes al genio y en un momento el palacio estaba en su sitio. Jasmín se puso muy contenta, porque a ella también le gustaba el joven Aladino.

Nadie se imaginaba que el brujo estaba tramando un plan para recuperar su lámpara. Le habían llegado noticias de un ricachón que había levantado un palacio de la nada, y así encontró la pista de Aladino. Se disfrazó de mercader pobre de lámparas de aceite y se plantó delante del palacio.

—¡Lámparas viejas por nuevas! ¡Una ganga! ¡Cambio vuestras lámparas viejas por otras nuevas!

La princesa Jasmín lo oyó. Aladino no estaba en casa, así que tomó su lámpara vieja para cambiarla. No tenía ni idea de que dentro dormía un genio. Cambió la lámpara. Y en ese mismo instante el palacio desapareció, con Jasmín dentro. Gracias a la lámpara mágica, el brujo se la llevó a algún escondite suyo.

Aladino quiso salir enseguida a buscar a Jasmín, pero ¿adónde ir? Por suerte era listo y se acordó del anillo que se había llevado aquella vez en la cueva. Si había una lámpara mágica, también podía haber un anillo mágico. Enseguida empezó a frotarlo y, efectivamente, al momento apareció delante de él otro genio, un poco más pequeño que el de la lámpara, esperando su deseo.

En cuanto Aladino lo pronunció, el palacio volvió con Jasmín y con el brujo. Los soldados atraparon al brujo y el sultán mandó encerrarlo en la cárcel.

Desde entonces todos vivieron allí muy bien. Aladino nunca olvidó que había sido un chico pobre; no se volvió orgulloso y siempre intentó ayudar a los que pasaban apuros, como le había pasado a él.

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