
Cuentos para dormir
Cómo Bruno aprendió a ser él mismo
Esto pasó hace muchísimo tiempo, detrás de los bosques y de las montañas, cuando todavía vivían dinosaurios entre nosotros. Uno de ellos se llamaba Bruno y tenía un problema a la hora de jugar con sus amigos. Para entender el problema de Bruno, tenemos que saber cómo era. Bruno tenía un cuello larguísimo, que llegaba por encima de las copas de los árboles, y una cola todavía más larga. Todos decían que era un braquiosaurio, y si queréis imaginároslo, imaginaos una jirafa.
El mejor amigo de Bruno era un dinosaurio pequeñito, ágil y flexible. Cada vez que Bruno iba a visitarlo, intentaba agachar la cabeza y esconder la cola.
Pero aun así, cada vez pasaba algo: rompía alguna cosa o tropezaba con algo con la cola. A Bruno le daba muchísima pena causar tantos problemas solo por ser como era y tener ese aspecto. Un día, Bruno se encontró con un sabio anciano. El anciano le ofreció su ayuda.
Le dijo que podía convertirlo en un dinosaurio chiquitito, que cabría en cualquier sitio y que nunca más tiraría nada. El anciano aún no había terminado de explicarle lo que traería ese cambio, pero Bruno ya estaba diciendo que sí con la cabeza, entusiasmado.
A la mañana siguiente, Bruno se despertó convertido en un dinosaurio chiquitito de verdad. Hasta su voz, fuerte y grave, se había vuelto aguda y un poco chillona. Bruno estaba feliz con su cambio y corrió enseguida a ver a su amigo. Cuando lo vio a lo lejos, empezó a llamarlo.
—¡Eh! ¡Hola! ¿Qué hacemos hoy?
—¿Holaaa? ¿Y tú quién eres? —preguntó su amigo.
—¿Cómo que quién soy? ¡Pues Bruno, tu mejor amigo! Mira cuánto he cambiado. ¿Te gusta?
—Perdone, señor, pero no conozco a ningún Bruno —respondió muy serio el que hasta entonces había sido su amigo.
Bruno se quedó muy sorprendido y no entendía nada de lo que había pasado. Se puso muy triste y corrió a casa. Pero de pronto el camino le parecía mucho más largo que antes, y varias veces se chocaron con él otros animales mucho más grandes. Así que, en lugar de ir a casa, Bruno fue a buscar al anciano que lo había transformado.
Cuando el anciano vio que Bruno volvía después de un solo día, sonrió para sus adentros.
—¿Ves, Bruno? Si ayer me hubieras escuchado hasta el final, no te habría pasado nada triste. Al convertirte en otro dinosaurio, sencillamente dejaste de ser tú mismo. No importa nada cómo eras por fuera. A tu amigo no le importaban tu cuello largo ni tu cola. Lo más importante era quién eras. Te ayudaré a recuperar tu aspecto, pero tienes que prometerme que nunca más querrás ser nadie más que tú mismo.
Bruno entendió lo que el anciano quería decirle. Desde aquel día se alegraba de que su cuello largo le ayudara a alcanzar las cosas ricas de las copas más altas de los árboles, y de que su cola pudiera servir a sus amigos de columpio o de comba. Y decidió que siempre sería él mismo y nadie más. Porque eso es lo mejor que puede hacer.
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