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La pastora y el deshollinador – cuento infantil

Cuentos para dormir

La pastora y el deshollinador

Julia U.25 de agosto de 20266 min de lecturapara primaria

En una habitación había una mesa, y encima de ella había una pastorcita de porcelana preciosa. Tenía zapatitos dorados, un sombrerito de oro y un cayado de pastora. A su lado estaba un deshollinador pequeñito con su escalerita, negro como el carbón, y también todo de porcelana.

Y como los dos eran igual de jóvenes, de la misma porcelana e igual de frágiles, se habían prometido. Junto a ellos había una figura tres veces más grande. Era un viejo chino que sabía mover la cabeza. También era de porcelana. Decía que era el abuelo de la pastora. Decía que tenía derecho sobre ella. Pero nadie se lo creía.

Un poco más allá había un armario viejísimo con volutas y hojas talladas. Era herencia de la bisabuela. Tenía tallados tulipanes, rosas y, entre ellos, cabecitas de ciervo con astas llenas de ramas. En el centro había tallado un hombre entero. Le salían de la frente cuernos de cabra y también tenía patas de cabra. Hacía muecas y miraba a la linda pastorcita. Los niños de la habitación lo llamaban el General-Comandante-en-Jefe-Patas-de-Cabra.

—¡Aquí tienes marido! —le dijo un día el chino a la pastora, señalando al comandante—. Un hombre de madera de caoba y con el armario lleno de plata. Es un buen partido. —¡Yo no quiero meterme en ese armario tan oscuro! —exclamó la pastora—. He oído contar que ahí dentro tiene once mujeres de porcelana. —¡Pues tú serás la duodécima! ¡Le he dado mi palabra! —dijo el chino—. ¡Esta noche, cuando cruja el viejo armario, os casaréis! —Movió la cabeza y se quedó dormido.

La pastorcita lloraba y miraba con tristeza a su querido deshollinador. —Por favor, vente conmigo por el ancho mundo. ¡Aquí no nos podemos quedar! —se lamentaba. —Haré todo lo que quieras —dijo el deshollinador—. Vámonos ahora mismo. Estoy seguro de que con mi oficio podré mantenerte. Y enseguida le enseñó lo bien que sabía poner los piececitos en los bordes tallados de la mesa. También se ayudó de su escalera. Y así llegaron hasta el suelo, pero cuando miraron al viejo armario, había un jaleo poco corriente. Todos los ciervos tallados asomaban la cabeza, levantaban las astas y giraban el cuello. El comandante Patas de Cabra daba saltos altísimos y le gritaba al viejo chino: —¡Se escapan! ¡Se están escapando!

El chino se despertó y movió la cabeza como quien lo entiende todo. A la pastorcita le flaquearon las piernas del miedo y cayó sobre sus rodillitas de porcelana. —¡No aguanto más aquí! —gritaba—. ¡Tenemos que irnos lejos, por el ancho mundo! —¿De verdad tienes valor para venirte conmigo por el mundo? —quiso asegurarse otra vez el deshollinador—. ¿Te imaginas lo grande que es? A lo mejor no volvemos nunca. —Lo sé —asintió la pastora en voz baja, pero muy decidida. El deshollinador la miró y luego le dijo: —Mi camino va por la chimenea. ¿Tienes valor para colarte conmigo por la estufa y por el tubo? Solo así llegaremos a la chimenea. Subiremos tan alto que no podrán alcanzarnos. Y allí arriba hay un agujero que da al ancho mundo —le explicó, y la llevó hasta la puertecita de la estufa.

—¡Oh, qué oscuro está aquí! —exclamó la pastora, pero siguió valiente al deshollinador por el tubo de detrás de la estufa. —Ahora estamos en la chimenea —dijo él—. Mira cómo brilla la estrella allá arriba; tenemos que ir hacia ella. Fue un camino muy duro. El deshollinador ayudaba a la pastora, la levantaba y la sujetaba, hasta que llegaron al borde de la chimenea. Allí se sentaron, porque los dos estaban muy cansados. La pastora sonreía feliz. Sobre ellos se extendía el cielo con innumerables estrellas brillantes y, debajo, todos los tejados del mundo. Se quedaron mirando aquella maravilla, el mundo entero.

De pronto, la pastora apoyó la cabeza en el hombro del deshollinador y se echó a llorar. —El mundo es demasiado grande. ¡Tengo miedo! Ojalá estuviera otra vez en la mesita, debajo del espejo. No estaré contenta hasta que volvamos. Yo me he venido contigo por el ancho mundo. Si me quieres, ahora vuelve tú conmigo. El deshollinador intentó convencerla. Le habló del viejo chino, del comandante de caoba, pero ella quería volver. Y así, otra vez con mucho esfuerzo, bajaron por la chimenea y por el tubo hasta llegar a la estufa oscura. Allí, detrás de la puertecita, se pusieron a escuchar qué pasaba en la habitación.

Todo estaba en silencio, así que se asomaron. En medio del suelo vieron tirado al viejo chino. Se había caído de la mesa al intentar correr tras ellos y se había roto en pedazos. —¡Qué horror! ¡Y la culpa es nuestra! —exclamó la pastora. —Todavía tiene arreglo —dijo el deshollinador—. Si le pegan la espalda y le ponen una lañita de alambre, quedará como nuevo. Y así volvieron a subir a la mesa, a su sitio de siempre. Y al viejo chino lo arreglaron de verdad, solo que ya no podía mover la cabeza. —¡Qué orgullosos os habéis vuelto! —dijo el comandante Patas de Cabra—. Entonces, ¿me la vais a dar o no? —quiso saber, y miraba fijamente al viejo chino. La pastora y el deshollinador esperaban con miedo qué diría el chino. Pero él no podía mover la cabeza y no quería reconocer que tenía un alambre en el cuello. Y así la pareja de porcelana se quedó junta. Se quisieron hasta el día en que se rompieron.

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