Lotus era un pastor alemán negro. Ya desde cachorro presumía de tener un olfato excelente. Era capaz de olfatearlo absolutamente todo: la merienda en la cartera, la pelota en el jardín, el topo en su topera y los calcetines de su amo.
A medida que Lotus iba creciendo, su olfato se volvía cada vez más fino. Sabía seguir el rastro de animales y encontrar cosas y personas perdidas. Lo practicaba a menudo, porque quería convertirse en perro policía.

Y eso también le salió bien. Se convirtió en el mejor perro rastreador de la policía. Resolvía todos los casos, encontraba a todos los ladrones y desenmascaraba a todos los malhechores. Nunca se equivocaba. Por eso, en la ciudad lo apreciaban mucho y decían de él que tenía el mejor olfato policial.
Una vez, a comienzos de diciembre, llamó a la comisaría la señora directora.
«Buenos días, ha pasado algo terrible. ¡Alguien ha robado todos los dulces que compramos para los niños por San Nicolás! Necesitamos averiguar si no ha sido alguno de los alumnos. ¿Podrían, por favor, venir con Lotus para que lo huela todo?»
El policía Juan le prometió a la directora ayuda inmediata.
«Lotus, nos vamos al colegio. Allí necesitan tu olfato —le dijo Juan a su perro con una sonrisa—. Pero Lotus estaba tumbado en su cama y parecía cansado. Meneó un poco la cola. Normalmente, siempre salía disparado cuando le llamaban, ladraba entusiasmado y meneaba la cola como si fuera un ventilador puesto a toda velocidad. ¿Qué le pasaba?
El sargento Juan se inclinó hacia Lotus y lo examinó.
«No estás en tus cabales, amigo», dijo al cabo de un rato.
«De, báb rýbu», farfulló Lotus. Pero Juan solo oyó un gruñido.
«Mira, vamos a parar en esa escuela y, de vuelta, te llevaré a que te vea el veterinario», decidió Juan.
«Dééé, da veteridu dé», gimió Lotus, porque le daba miedo el veterinario. Ya se imaginaba al veterinario echando a correr con una inyección en la mano y apuntando a su trasero. Lotus soltó un quejidito al pensarlo y decidió que más valía hacer como si estuviera sano. A lo mejor luego Juan se lo piensa mejor con eso del médico.
Cuando llegaron al colegio, Lotus salió del coche rápidamente. A la puerta del colegio los recibió la señora directora y los acompañó hasta el gimnasio.
«He reunido en el gimnasio a todos los alumnos con sus carteras, para que los tengáis bien juntitos en un mismo sitio. Seguro que uno de ellos es el que robó los dulces», dijo.
«No tengáis miedo, Lotus los olisqueará. ¿Os ha sobrado algo de esos dulces?», preguntó el sargento Juan.
«Solo una tableta de chocolate», dijo tristemente la señora directora. Juan tomó la tableta de chocolate y se la puso a Lotus para que la olisqueara.
«Busca», le ordenó.
Lotus se puso a buscar. Como siempre, fue pasando junto a todos y los olisqueó.
«Por todos los pelos de perro», masculló Lotus. «¡Yo no güelo naˇ!»
Lotus pasó junto a todos los alumnos, pero no le olió a chocolate en ninguno, ni a ninguna otra cosa. Con aquel constipado tan fuerte no olía nada. En vez de descubrir al culpable ladrando, estornudó tan fuerte que puso perdido al señor conserje. El señor conserje se limpió con un pañuelo los moquillos de perro de la mano y le rascó la cabeza.
«Me parece que aquí hay alguien malito», dijo el señor conserje. Le gustaban los perros y entendía bien de ellos. «Su perro debe de estar resfriado.»
«Ay, no», se lamentó el sargento Juan. «Así no encontraremos al culpable.»
«Ya se me ocurrirá una trampa para el culpable.» Una vez se llevó los dulces, y seguro que volverá a llevárselos. Lo haremos cuando el perrito se ponga bien —susurró la señora directora.
—De acuerdo. —Y nosotros nos vamos al veterinario, para poder descubrir a ese ladronzuelo cuanto antes —decidió Juan.
—Que nooo, yo no quielo il al veteleinalio —gimoteó Lotus durante todo el camino. Pero de poco le sirvió.
El doctor examinó a Lotus, lo auscultó y le tomó la temperatura. Después le dio unas pastillas y unas gotitas para la nariz.
—Si se lo dais con cuidado dos veces al día, dentro de tres días ya podría volver a oler con normalidad. Pero tómate todas las pastillas hasta el final, que son antibióticos —le recomendó el veterinario, dándole a Juan dos cajitas de medicinas.
Juan dio las gracias, pagó y se volvieron a casa. A Lotus le dieron una pastilla envuelta en jamón. Eso sí que estaba bien; de momento, eso de estar malito le gustaba. ¿Pero gotitas? ¿Y en la nariz? ¡Hombre, eso sí que no!
«¡En la bueba bariz bo me voy a dejar echar bada!», gruñó Lotus cuando el guardia Juan intentaba sujetarlo.
Durante un momento, pareció que Juan lo tenía bien encaminado. Se arrodilló sobre la espalda de Lotus, mientras este estaba tumbado, y alargó la mano con las gotas hacia su nariz. Pero Lotus no estaba dispuesto a consentir aquello. Se levantó y salió corriendo. Parecía como si Juan estuviera aprendiendo a montar a lomos de un perro. Y eso, reconozcámoslo, es una disciplina de lo más difícil. Los perros no están hechos para que los monten, así que no tiene nada de raro que Juan resbalara del lomo de Lotus hasta el suelo y que Lotus saliera huyendo.
«Si no te tomas ya las gotitas, nunca te curarás y perderás el olfato», le decía Juan cuando se levantó del suelo.
«¿Y qué pasará entonces?» gruñó Lotus.
«Pues que tendré que buscarme otro perro policía.»
—Si dajdi, do—replicó Lotus, y se fue ofendido a su camita.
Al día siguiente, fueron a ver a Loki dos niños del colegio. Eran Emilia y Vito. Emilia iba a ir de ángel y Vito de San Nicolás, para repartir entre los niños aquellos dulces robados.
—Buenos días—saludaron muy educadamente los niños. —¿Podemos ver cómo sigue Lotus?
—Claro que sí, pasad—los invitó a entrar el sargento Juan—. Lotus no quiere tomar las gotitas. Me temo que acabará perdiendo el olfato del todo y ya no encontrará los dulces.
—Sería una pena —se asustó Emilia—. Si tiene el mejor olfato policial de todos los alrededores.
—Lo tenía —la corrigió Vito—. Si no se toma las medicinas, luego no olerá ni el perfume de las profesoras.
Los niños estuvieron un rato acariciando a Lotus en silencio. Luego Vito se puso a hablar con Lotus.
—Mira, Lotus, cuando yo estaba enfermo, tampoco quería tomarme ese jarabe. Estaba asquerosísimo. Sabía como una mandarina podrida mezclada con calcetines y pescado. Pero si no, no me habría curado y no habría podido salir a jugar fuera con los chicos. Y a mí me encanta ir a jugar fuera. Así que me dije que lo conseguiría. Que sería un valiente. Y me lo tomé. De verdad, luego me curé enseguida y ya pude volver a correr.»
«Bueno…», asintió Emilia. «A mí tampoco me gustan las gotas para la nariz. A veces pican un montón. Pero luego respiro mejor. Y solo hacen falta unos cuantos días; después ya no hacen falta».
Lotus escuchaba. No quería perder el olfato. Y menos aún quería que el sargento Juan encontrara otro sabueso de la policía para sustituirlo. Lotus se levantó de su camita, cogió con la boca la cajita de las gotas y se la llevó a Juan.
«¿Quieres que te eche gotas en la nariz?», se extrañó Juan.
Lotus ladró.
«Bueno, está bien, pero si me vuelves a llevar en el lomo te vas a enterar», le advirtió en tono suave el policía, cogió las gotas y las acercó al hocico del perro.
Lotus se quedó quieto. Se dejó echar gotas en los dos agujeritos de la nariz.
«No eba tan tebible», dijo Lotus, sorprendido. Al poco rato se le despejó la nariz y pudo respirar bien. Se encontraba mejor.
Lotus comprendió que tomar medicinas a veces es de verdad muy útil. Al cabo de dos días, Lotus ya estaba sano otra vez. Y, sobre todo, ya volvía a encontrarse estupendamente. Ya era hora. Mañana viene San Nicolás. Es el momento perfecto para desenmascarar al ladrón.
La señora directora compró dulces nuevos y los dejó sobre una mesita del pasillo, como si se los hubiera olvidado allí. En realidad, los había dejado como trampa para el ladrón. Luego se fue al despacho a corregir cuadernos. Cuando volvió a salir, los dulces habían desaparecido.
«¡Hola, hola!», gritó por teléfono. «Necesitamos a Lotus ahora mismo, las golosinas que habíamos dejado de cebo han desaparecido.»
El guardia Juan llegó con Lotus a la escuela en un santiamén. Mientras tanto, la señora directora reunió a los niños y los puso en fila. Lotus iba de uno a otro, olisqueándolos a todos. Ahora sí que daba gusto trabajar, con la nariz libre. Y lo olía todo. Olió que Emilia había tomado una mandarina para merendar. Vito llevaba en la cartera un trozo de salami. Solo Karel Pivoda, granuja de siempre y suspenso tras suspenso, escondía la cartera detrás de la espalda. Pero no le sirvió de nada, porque aquel dulce aroma le hizo cosquillas a Lotus en la nariz incluso desde lejos.
Lotus se puso a ladrar.
«Karel, quién iba a ser si no», se enfadó la señora directora cuando Karel abrió la cartera.
Dentro estaban todas las golosinas que había escondido.
«Vas a ser castigado muy duramente. Ahora mismo llamaré a tus padres», dijo la señora directora.
Luego les dio las gracias a Lotus y a Juan por haber ayudado a descubrir al ladrón. Como recompensa, Lotus recibió un hueso ahumado, que se llevó a casa para roerlo. Ya era otra vez el mejor olfato policial de muchos kilómetros a la redonda. Y si por casualidad volvía a coger un resfriado, ya sabe que las gotas para la nariz no son nada terrible y que le ayudarán a sentirse mejor.
Y a vosotros, queridos niños, seguro que os interesa saber qué castigo recibió Carla. Fue un castigo de lo más terrible. Le prohibieron comer dulces durante todo el mes de diciembre. Y eso sí que es un sufrimiento espantoso, sobre todo cuando en diciembre llega la Navidad. Pero gracias a eso Carla recordará que robar no compensa, y seguro que no volverá a hacerlo nunca más en la vida.