El gatito y la aguja

Había una vez una mujer pobre que vivía con sus dos hijas en una pequeña casita al borde del bosque. Cada día se adentraba en el bosque para recoger leña, encender el fuego en casa y calentar a su familia.

Un día, cuando regresaba a casa con un haz de leña a la espalda, vio un pequeño gatito junto al camino. El animalito se acurrucaba junto a la valla, maullaba débilmente y estaba completamente empapado y agotado. A la mujer le dio pena y, con mucho cuidado, lo levantó, lo envolvió en su delantal y lo llevó a casa.

Cuento para leer - El gatito y la aguja
El gatito y la aguja

Cuando llegó a su casita, sus dos hijas corrieron a su encuentro. Enseguida notaron que la madre escondía algo entre sus brazos y, curiosas, le preguntaron qué era. Cuando les mostró el pequeño gatito, ambas se rieron entusiasmadas y le suplicaron que les dejara jugar con él.

Sin embargo, la mujer negó con la cabeza. —El gatito está enfermo y débil. Primero debe recuperar fuerzas —les explicó—. Lo acostó sobre unos trapitos viejos y le trajo un poco de leche. Las hijas miraron con desilusión, pero entendieron que debían cuidarlo.

A los pocos días, el gatito se fortaleció y, una mañana, ya no estaba. La mujer pensó que había regresado al mundo y, con el tiempo, casi se olvidó de él.

Un día volvió a adentrarse en el bosque. Cuando regresaba por el mismo sendero, en el lugar donde había encontrado al gatito, apareció de pronto una dama hermosa y majestuosa, vestida con un vestido delicado como una telaraña. La dama le sonrió, se acercó y le puso unas agujas de tejer en el delantal.

—Esto es por tu buen corazón —dijo la misteriosa señora y desapareció.

La mujer observó las agujas sorprendida, pero no sabía qué podían tener de especial. Las llevó a casa y las dejó sobre la mesa.

Cuando se despertó por la mañana, la esperaba una gran sorpresa. Sobre la mesa había un par de medias perfectamente tejidas. ¡No podía creer lo que veían sus ojos! La noche siguiente dejó las agujas en el mismo lugar, y por la mañana había otro par de medias.

Así fue como la mujer comprendió que había recibido un don mágico. Cada noche las agujas trabajaban solas y las medias seguían apareciendo. Empezó a venderlas y pronto tuvo suficiente dinero para que su familia no volviera a pasar necesidades nunca más. Así se demostró que la compasión y la bondad son las mayores riquezas que una persona puede poseer.

Califica esto post

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *