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Las flores mágicas – cuento para dormir

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Las flores mágicas

Marita P.2 de octubre de 20264 min de lecturapara primaria

Había una vez un valle verde precioso. Allí crecían flores de todos los colores. Todas tenían un perfume maravilloso. Y cada una olía de una manera distinta. Bastaba con cerrar los ojos y respirar suavemente cerca de una de ellas. Olían tan fuerte que hasta te mareabas.

Pero muy poca gente sabía que cada florecita tenía un poder mágico. Si la olía alguien que había mentido, le salían manchas verdes en la cara y en el cuerpo. Vamos, que se ponía casi entero verde. Y tardaba muchísimo en volver a tener su color de siempre.

Cerca de aquel valle de flores mágicas había un reino pequeñito. Allí vivía la bella princesa Amalia. Era la muchacha más guapa y más amable del mundo. Ella conocía el poder mágico de las flores. Como Amalia era tan guapa y tan buena, muchos príncipes querían casarse con ella. Pero ella tenía miedo. Quería casarse con alguien que dijera la verdad y que nunca le mintiera. Así que, cuando llegaba algún príncipe, Amalia lo llevaba de paseo al valle. Le tapaba los ojos con un pañuelo y lo llevaba entre las florecitas mágicas y perfumadas. El príncipe estaba ilusionadísimo. Esperaba que la princesa le diera su primer beso. Pero, en lugar de eso, Amalia le susurraba al oído que respirara hondo. En cuanto el príncipe aspiraba el dulce perfume de la flor, la princesa esperaba a ver qué pasaba. Al poco rato, las manos del príncipe empezaban a ponerse verdes. Amalia lo tenía clarísimo: «Con este no me caso. Me mentiría». Y antes de volver al reino, el príncipe ya estaba verde de los pies a la cabeza.

Un día, nuestra princesa paseaba por el jardín de su palacio. Estaba triste, porque pensaba que nunca encontraría a alguien sincero que la quisiera de verdad. De repente, detrás de un árbol, oyó una voz muy agradable: —Amalia, yo te haré feliz, te quiero mucho —dijo la voz. Cuando miró bien, vio allí a un joven. No iba vestido como un príncipe. —¿Quién eres y de qué me conoces?

En lugar de responder, el muchacho solo sonrió: —Ven conmigo al valle, conozco tus flores mágicas. Las oleré y te demostraré que no te miento —le dijo. La princesa se quedó de lo más sorprendida. Pero quería saber la verdad. Así que fueron juntos al valle. Los dos respiraban hondo y olían cada una de las flores que había allí. Su dulce perfume los dejó atontados. Y en el viento les pareció oír una vocecita muy fina: «Amalia, su corazón es puro, de eso estoy seguro». Pasó un buen rato y al muchacho no le salió ni una sola mancha verde. Las flores lo habían dejado muy claro. La princesa estaba que no cabía en sí de felicidad.

Más tarde se enteró de que no era un príncipe. Solo un labrador del pueblo de al lado. Pero para ella lo importante era que no le había mentido. Con el tiempo se enamoró de él y se casaron. Y para estar seguros de que siempre se decían la verdad, iban juntos de paseo al valle de las flores mágicas todos los días. Y eran felices de no haberse puesto verdes nunca.

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