
Cuentos para dormir
Cómo Listilla y Grisín aprendieron a bailar
Igual que no se puede atrapar el viento en el campo, tampoco había quien atrapara a Listilla y a Grisín. Aquellos dos campeones no se estaban quietos nunca, en ningún sitio. Eran jóvenes y tenían tanta energía que no paraban ni un momento. Tan pronto estaban aquí como allá; vamos, que eran dos pillines pequeños y juguetones.
Y las ideas para sus travesuras casi siempre se le ocurrían a Listilla. Así que una mañana, cuando los dos asomaron el hocico fuera de la madriguera, vieron que en el cielo azul no había ni una sola nube. Y a Listilla se le ocurrió una idea:
—Grisín, ¿sabes qué? ¡Vamos a aprender a bailar! —¿Cómo, Listilla? ¿Qué es lo que vamos a aprender? —Lo que has oído: a bailar. ¡Y bailaremos una polka, un baile muy alegre que viene de Bohemia!
Grisín abrió los ojos tanto, de la sorpresa, que casi se le salen de las órbitas. Tragó saliva tan deprisa que hasta se le oyó el ¡glup! en la barriga. Así de sorprendido estaba. Eso no se le habría ocurrido nunca… Y quería protestar. Quería decir que cómo iban a bailar ellos dos, una zorra y un lobo. Pero Listilla soltó tal cascada de palabras que enseguida se lo explicó todo.
—Mira, ya sé que para bailar tenemos que ponernos los dos de pie sobre las patitas de atrás. Eso nos lo enseñará el oso Brumito. Seguro que sabe, porque se pone de pie cada vez que saca la miel de las colmenas de las abejitas. Para que bailemos bien, he quedado con el gorrión Chimchirín, que se pasa la vida en la ciudad, así que seguro que ha oído la polka un montón de veces. Y luego Brumito puede acompañar a Chimchirín mientras toca. Él hará el bajo, gruñendo. ¿Sabes? Para que a los dos nos resulte fácil seguir el paso.
Después de semejantes argumentos, claro, Grisín no podía llevarle la contraria. —Bueno, vale, qué voy a hacer contigo, ya veo que lo tienes todo muy bien pensado… —Y se dejó llevar, resignado, por los planes de Listilla para aquel baile de los dos.
Cuando el oso Brumito llegó al claro, empezó enseguida a enseñarles cómo tenían que ponerse. —A ver, chavales, sentaos los dos uno frente al otro sobre las patas de atrás, asííí… Ahora levantad las patitas de delante hasta el hocico, muuuy bien… Y ahora apoyad las patas el uno contra el otro. Eso es, qué bien os sale. Y ahora levantad los dos a la vez el culete del suelo y poneos de pie despacito. ¡Genial…! ¿Veis como sabéis?
Listilla y Grisín estaban uno frente al otro sobre las patitas de atrás. Las patas de delante, apoyadas una contra otra, les temblaban un poco, pero se aguantaban bastante firmes sobre las patitas de atrás, ¡y eso era lo importante! Y para mantener todavía mejor el equilibrio, de vez en cuando se apoyaban el uno en el otro con el hocico. Pero parecía que se estaban dando besitos. Así que no es de extrañar que los animalitos del bosque que miraban alrededor aplaudieran entusiasmados y les gritaran para chincharlos: —¡Que se besen, que se besen, los novios!
Bueno… pues ponerse de pie sobre las dos patas de atrás ya sabían. Pero ahora venía lo más importante… ¿Y qué era? ¡Pues intentar dar un paso, los dos! Al principio costaba muchísimo. Ya sabéis, niños, que cuando damos pasos siempre estamos sobre una pierna y la otra la tenemos levantada. No es nada fácil. Un… y dos, un… y dos, a… sí… ca… mi… na… ban… los… dos.
El entusiasmo de los animalitos que miraban no tenía fin. Animaban a voz en grito a nuestros dos héroes, pero lo más importante, el baile de verdad, todavía estaba por llegar. Y para eso necesitaban al músico Chimchirín. Y en cuanto llegó volando el gorrioncito Chimchirín, empezó a piarles alegremente para que bailaran:
—Chim, chim, chimcharada… qué bien os sale… ¡es una monada! Chim, chim, chimcharada… ¡seguid… bailando… así!
Y enseguida se le unió también el oso Brumito:
—Brum, brum, pillines, qué bien bailáis, bailarines… Brum, brum, brumcharada, ¡seguid bailando así!
¡Qué alegría había en el claro, madre mía! De los esfuerzos de Listilla y Grisín por bailar salió al final una fiesta para todos. Y cuando los demás animalitos vieron con qué ganas y con qué ilusión bailaban Listilla y Grisín, cada uno agarró a otro y se pusieron todos a dar saltitos alegres en corro, hasta que temblaron los árboles y todo el bosque. Y así, con el ejemplo de nuestros dos traviesos, veis que se puede aprender casi todo. De verdad, niños, sobre todo si os decís: ¡Queremos aprenderlo! ¡Y lo vamos a conseguir!
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