
Cuentos para dormir
El león perezoso
En una sabana muy lejana vivía una familia de leones. Mamá leona, papá león y dos cachorritos. Eran dos chicos. Cada uno era completamente distinto, aunque los dos habían nacido el mismo día. Un cachorro era juguetón, salvaje y quería aprenderlo todo. Siempre estaba pegado a su mamá y miraba cómo cazaba, cómo los cuidaba y lo valiente que era. El otro cachorro era perezoso a más no poder. Solo dormía, se tumbaba a la bartola y esperaba a que mamá leona le trajera algo de comer.
Al cabo de un tiempo, llegó el momento de que los cachorros se independizaran. Habían crecido, tenían que empezar a cuidarse solos y buscar su leona. Formar una familia y una manada. El joven león más salvaje tenía muchas ganas. Con el tiempo encontró una leona preciosa, se instaló y la cuidaba. Al poco tiempo hasta tuvo sus propios cachorritos. Estaba orgulloso de lo bien que le iba y de lo bien que sabía cuidarse a sí mismo y a su manada.
Pero su hermano, el joven león más perezoso, no hacía nada de nada. Siempre estaba holgazaneando y durmiendo. Aunque tuviera hambre, no se buscaba la comida. Solo se quejaba y lloriqueaba: —¡Qué horror! ¿Y ahora qué hago? Tengo hambre, estoy débil y no tengo a nadie que me cuide. ¿Que me tengo que cuidar yo solo? ¡Pues no quiero! —Y se tumbó debajo del árbol más cercano y se quedó dormido.
Al cabo de un rato se despertó con hambre, pero estaba tan débil que ya no podía ni levantarse. Y del cansancio volvió a dormirse. Pasó varios días tumbado bajo el árbol. Solo por ser perezoso y no querer hacer nada, se quedó sin fuerzas y no paraba de dormir.
Pasado un tiempo, unas hienas pasaron corriendo un par de veces a su lado. Las hienas son animales que también viven en la sabana. Pero no se llevan muy bien con los leones. Aun así, una hiena se quedó mirando al león tan débil. Se paró a su lado y quiso saber qué le pasaba. Lo olfateó y se dio cuenta de que no se movía. Entonces llamó a las demás de su manada: —¡Venid a ayudarme! Creo que está enfermo. ¡Tenemos que ayudarle! —Algunas hienas no estaban muy convencidas. —¡Pero si es un león! Nosotras no nos hablamos con los leones —gritaban unas por encima de otras. —No digáis tonterías, necesita ayuda. ¿Y qué más da que sea un león? Es un animal. Como nosotras. Es parte de la sabana. No lo vamos a dejar aquí para que se muera —defendía al león una de las hienas.
Y así, al final, todas se pusieron de acuerdo para salvarlo. Con ramas llenas de hojas le hicieron sombra. Le trajeron agua y le dieron de beber despacito, a sorbitos. Luego le trajeron también algo de comida para alimentarlo. Lo taparon con hierbas que encontraron y le echaron unas cuantas en el agua, para que tuviera muchas vitaminas. Se turnaban para vigilarlo. Lo cuidaban. Era muy duro, pero las hienas no se rindieron.
Al cabo de un tiempo, el león recuperó un poco de fuerza y se puso de pie. Cuando vio a su alrededor el techito de hojas, la manta de hierbas, el agua con hojas sanas, la comida y, alrededor, solo hienas, se asustó. Luego lo entendió todo y preguntó: —¿Todo esto lo habéis hecho vosotras? ¿Me habéis cuidado así? —Las hienas solo asentían con la cabeza. —Pero no lo entiendo. Si los leones y las hienas no se llevan bien, no se hablan. Entonces, ¿por qué? —siguió el león. —Estabas enfermo, y todos los animales merecen curarse —dijo una de las hienas. Al león le dio vergüenza. Solo por ser perezoso y cabezota, casi se muere. Estaba muy agradecido a las hienas por haberlo cuidado.
Hoy el león ya es adulto. Se ha convertido en un animal precioso y fuerte. Tiene a su alrededor una manada enorme y la cuida con orgullo. ¿Y sabes quién forma parte de ella? Su leona, los cachorritos y sus queridas hienas. Nunca olvidó que le salvaron la vida. Y además, gracias a eso, descubrió que puedes tener amigos donde menos te lo esperas.
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