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Las hadas buenas Bienquerida y Bienhadada – cuento infantil

Cuentos para dormir

Las hadas buenas Bienquerida y Bienhadada

Por la mañana, cuando sale el sol e ilumina toda la tierra, en el cielo aparece algo especial. Por allí arriba flota una nubecita esponjosa que parece algodón de azúcar. Las demás nubes son blancas o azuladas, pero esta tiene un color rosado. Es porque es mágica. Sobre ella van sentadas dos personas de cuento. Son hadas. Una se llama Bienquerida y la otra, Bienhadada.

Desde muy temprano, estas dos hadas van sentadas en su nubecita rosa y viajan por el cielo de todo el mundo. Vigilan que a la gente le vaya bien y, a veces, usan su poder mágico para ayudar a las personas o darles un empujoncito. Y es que Bienquerida y Bienhadada son hadas buenas y justas a las que les encanta pasarlo bien.

Un día, mientras iban sentadas en la nubecita, flotando por el cielo y mirando a la gente de abajo, se fijaron en dos personas que se comportaban de una forma curiosa. Una chica joven paseaba a su perrito por el parque. Por allí pasaba también un muchacho muy apuesto… Cuando se cruzaron, se miraron con timidez, sonrieron y se saludaron con la cabeza. Y siguieron cada uno por su lado. Pero en cuanto se alejaron un poco, la chica se volvió para mirar al muchacho. Y cuando ella ya no miraba, era él quien se volvía para mirarla a ella. Los dos casi se torcían el cuello por mirarse un poquito más. Y así pasaba cada mañana, todos los días.

Al cabo de una semana, Bienquerida dijo: —Bienhadada, esta semana hemos alegrado a los niños con un tobogán mágico que no se acaba nunca. Hemos ayudado a unos padres a que no discutieran. Hemos hecho que el ladrón del parque acabara en la cárcel. ¿Y con estos dos no vamos a poder? Si está clarísimo que se gustan, que no paran de mirarse. ¿Qué se nos ocurre?

Bienquerida se quedó pensando, luego empezó a sonreír con picardía y dijo: —Ya lo sé. Haremos que choquen. Mañana, cuando vuelvan a cruzarse, los atamos juntos. —¡No, eso no se puede hacer, se van a asustar! —exclamó Bienhadada con los ojos como platos. —Tranquila, lo tengo todo pensado —contestó Bienquerida.

Al día siguiente, la nubecita rosa volaba despacio sobre el parque. En ella iban sentadas dos hadas esperando a la chica del perrito y al muchacho que tenía que pasar por allí. Cuando los vieron de lejos, Bienquerida susurró: —Mira, y no te rías muy fuerte.

Bienquerida empezó a mover las manos y entre sus palmas se formó un pequeño remolino de brisa rosa. Siguió girando las manos tanto rato que parecía que estuviera modelando una bola de viento rosa. Al poco, agarró la bola mágica y la lanzó con todas sus fuerzas hacia la chica. La bola le dio al perrito en el trasero y el perro echó a correr tan deprisa que casi le arranca la correa de la mano a la chica. El perrito corría y corría, y la chica corría detrás, porque el perro tiraba de la correa.

Mientras tanto, el hada guiaba al perrito desde la nube para que corriera hacia el chico, que venía de frente. La chica le gritaba al perro que fuera más despacio, pero la magia del hada era más fuerte. El perrito llegó enseguida hasta el muchacho. La chica no pudo frenar y chocó con él. Él la sujetó para que no se cayera y, mientras estaban allí abrazados por la sorpresa, el hada hizo que el perrito diera varias vueltas a su alrededor, hasta que los dejó enredados con la correa sin poder moverse. Cuando Bienhadada vio todo lo que había pasado, se desternillaba de risa.

Desde entonces, cada mañana, las hadas veían a la chica y al muchacho salir a pasear juntos. Gracias a las hadas se habían encontrado. Bastó con darles un empujoncito.

Si algún día ves una nubecita que parece distinta de las demás, a lo mejor es en la que van sentadas Bienhadada y Bienquerida. Porque las hadas siguen volando por el cielo y vigilan que todo pase como tiene que pasar.

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