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La pintora Lucía – cuento para niños

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La pintora Lucía

Junto a un gran lago, en un lugar muy apartado, había una casita preciosa. Era distinta de todas las demás. Cada una de sus paredes estaba pintada con unos colores de lo más extraordinarios. Alrededor de la puerta tenía pintadas flores de colores; alrededor de las ventanas, mariquitas; en las paredes, caballitos al trote. ¿Y en el tejado? Parecía que allí arriba florecieran árboles. Todos los dibujos parecían de verdad. La casita entera era como de cuento. Pero ¿quién vivía en una casita tan bonita? Allí vivía la pintora Lucía.

Era más bien alta, tenía el pelo corto, unos ojos azules sinceros y las manos siempre manchadas de pintura. No solo pintaba de maravilla, sino que tenía algo más de especial. Con sus cuadros contaba historias. Cada mañana sacaba los caballetes delante de su casita y ponía encima los lienzos. Preparaba un montón de colores y, cuando se ponía a pintar, empezaban a pasar cosas. Los pinceles echaban a volar y las pinturas se mezclaban solas. Alrededor de Lucía volaban pajaritos que le cantaban unas melodías preciosas. La pintora bailaba al ritmo, movía las manos llenas de pintura y en los lienzos iban apareciendo los cuadros. De cada uno nacía una historia. En unos aparecían niños jugando; en otros, caballos corriendo por el prado, y en otro, árboles en flor con ardillas en las copas. Era una auténtica maravilla. A Lucía le encantaba pintar.

Todos los animalitos del bosque iban a verla pintar. Pero les daba pena que nadie más hubiera visto jamás sus cuadros. Sabían que, si otras personas los vieran, se pondrían muy contentas. Por eso, un día hubo una reunión de animales en el bosque. Todos se pusieron de acuerdo en cómo hacer que los cuadros de su querida Lucía llegaran al mundo. Los animalitos tenían un plan.

Una mañana, cuando la pintora sacó sus caballetes, sus lienzos y sus pinturas y se puso a pintar, no salía de su asombro. Los pajaritos que revoloteaban a su alrededor cantándole al ritmo agarraron de repente con el pico los cuadros pintados y se los llevaron volando. Las ardillas saltaron rápidas a los caballetes y bajaron los cuadros que quedaban. Se los pasaron a las corzas, y estas corrieron lo más deprisa que pudieron hacia la ciudad. Lucía se quedó allí plantada, dando vueltas y gritando: —¡Esperad! ¿Qué hacéis? ¿Por qué hacéis esto?

Luego se sentó en su sillita delante de la casa. Miraba a su alrededor y estaba triste porque se había quedado sin cuadros. En ese momento notó una brisa suave. Miró de dónde venía y vio que se acercaba volando una lechuza, el animal más sabio del bosque. La lechuza se le posó en el hombro y la acarició suavemente con el ala. Lucía se quedó pensando y luego le preguntó: —Tú eres sabia. ¿Sabes por qué lo han hecho los animales? —Uh, uh —contestó la lechuza. —Sé que los animalitos son buenos. No tengo por qué preocuparme, ¿verdad? —siguió preguntando Lucía. —Uh, uh —respondió otra vez la lechuza.

La pintora tuvo paciencia. Esperaba con el corazón en un puño a ver qué pasaba. Mientras tanto, los animalitos repartieron los cuadros por la ciudad. Todo el mundo empezó a admirarlos. La gente estaba entusiasmada con unos cuadros tan bonitos. Querían conocer a quien pintaba así. Y los animalitos los llevaron hasta Lucía. Cuando la pintora vio que hacia su casita se acercaban los animalitos y, detrás de ellos, tanta gente, no podía creer lo que veían sus ojos. Todos empezaron a darle la mano, a felicitarla y a darle las gracias.

Desde entonces, Lucía ya no pinta solo para ella y para los animalitos. Gente de toda la comarca viene a buscar sus cuadros. Pinta sus historias, sus estados de ánimo y sus esperanzas. Y cada vez le salen mejor. Porque pinta con cariño.

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