
Cuentos en audio
La princesa y su mejor amigo
Detrás de una montaña puntiaguda y de unos bosques nevados había un reino pequeño, pero precioso. Allí vivía una princesa encantadora con sus padres. La princesa era muy guapa. Su pelo largo y rubio brillaba como un solecito. Tenía los ojos azules como el agua clara de un manantial, y su sonrisa era la más bonita del mundo entero. Además, era muy buena y tenía un gran corazón. El rey y la reina estaban felicísimos con ella y la querían más que a nada.
Pero había algo que los preocupaba. Su hija era muda. Eso quiere decir que no tenía voz. Había nacido así. Aunque a sus padres les daba pena, a la princesa no le importaba nada. No le molestaba en absoluto y siempre llevaba una sonrisa en la cara.
Un día llegó al reino una visita muy especial. Un gran carro que conducía un hombre. Y en el carro había perros. Perros grandes y pequeños. El hombre viajaba con ellos por todo el mundo y se los ofrecía a todo el que encontraba. Así que decidió ofrecerle algunos también al rey, a la reina y a la princesa.
La princesa deseaba muchísimo tener un perrito. Quería un compañero para los largos paseos que daba por los bosques nevados. Miraba a todos los perritos, uno a uno. Algunos estaban quietos en su sitio, valientes y obedientes. Otros la miraban muy seguros de sí mismos. Pero ella se fijó en uno que estaba sentado en un rincón del carro. Como no podía hablar, lo señaló con el dedo.
El hombre se asustó y empezó a poner excusas: —Princesa, esa no es buena elección. Es un perro sin adiestrar, le da miedo la oscuridad y no vale para nada. Ni siquiera sabemos de dónde viene. Lo encontramos un día vagando junto al camino. Elija usted otro. —Pero la princesa no dio su brazo a torcer. Negó con la cabeza y volvió a señalar al perrito del rincón. Sentía por él un cariño especial. Sabía que no quería otro y que, aunque ella no pudiera hablar, él sería el mejor para ella. Sus padres vieron que la princesa lo tenía clarísimo, así que la dejaron quedarse con aquel perrito.
Al perrito le costó mucho aprender a obedecer, pero estaba tan agradecido a la princesa que al final lo aprendió todo. Eso sí, nunca dejó de tenerle miedo a la oscuridad, así que dormía con la princesa en su cama. La princesa lo adoraba y no daba ni un paso sin él. Hasta le enseñó a acudir al sonido de un silbato. Cuando quería llamarlo, no necesitaba decir ni pío. Solo soplaba un silbato que tenía un sonido especial y muy agudo, y el perrito corría a su lado.
Un día, al volver de un paseo, la princesa se dio cuenta de que se había dejado en el bosque su lazo del pelo. Le hizo una seña al perrito para que la esperara, que ella iba corriendo a buscarlo. Pero mientras corría por el bosque, tropezó y se hizo daño en un pie. No podía levantarse, ni tampoco pedir ayuda, porque era muda. Estaba tirada en el suelo, le dolía el pie, y su amigo perruno, que no sabía nada, seguía sentado en su sitio esperándola.
Pero entonces se acordó de que llevaba el silbato. Tomó aire y sopló con todas sus fuerzas. El perrito salió disparado y la encontró enseguida en el bosque. Entendió que estaba herida y que no podía andar. Así que corrió lo más deprisa que pudo al castillo a buscar ayuda.
Cuando la princesa ya estaba curada y a salvo en casa, acariciaba a su perrito, y no le importaba nada no poder hablar. Sabía que no habría podido elegir un amigo mejor. Él la quería sin necesidad de palabras y habría hecho cualquier cosa por ella, porque ella había confiado en él desde el principio y le había dado justo el cariño que él necesitaba.
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