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El osito de peluche – cuento infantil

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El osito de peluche

Marita P.23 de septiembre de 20264 min de lecturapara preescolar

En toda la ciudad hacía ya mucho rato que todos se habían ido a dormir. Era noche cerrada. No había ninguna luz encendida en las ventanas. En el cielo solo brillaban las estrellas y se mecía la luna. ¡Pero alguien sí que estaba despierto! En el último piso de una casa, en un cuarto de niños. ¡Qué va, los niños no! Ellos llevaban ya mucho rato dormidos. Ese alguien estaba junto a la ventana del cuarto, vigilando. Era el osito de peluche.

Miraba a lo lejos por la ventana y se preguntaba cómo sería ser un oso de verdad. Le dio tantas vueltas y tenía tantísimas ganas de saberlo que decidió averiguarlo justo aquella noche. Abrió la ventana sin hacer ruido, para no despertar a los niños que dormían en el cuarto, y se deslizó fuera. Saltó a la hierba que crecía alrededor y se fue derechito al bosque.

Cuando llegó, gritó hacia todos lados: —¡Hola! ¿Hay algún oso por aquí? ¿Hay alguien despierto? ¡Hola! Todo estaba oscurísimo. De pronto, el osito oyó crujir unas ramas y vio que los arbustos empezaban a doblarse. Como si alguien se le acercara. En ese momento se plantó delante de él un oso enorme y resopló muy enfadado: —¿Por qué nos despiertas? ¡Es noche cerrada y los animales necesitamos dormir! ¡Deja ya de dar voces! Al osito le dio mucha vergüenza e intentó explicárselo todo: —Perdona, yo solo quería encontrar un oso de verdad que me enseñara cómo se vive en el bosque. Solo soy de peluche y me encantaría ser de verdad yo también. O, por lo menos, probarlo.

El oso grande aceptó sus disculpas y se lo llevó a su osera para que durmiera allí con él. Pero el oso de peluche se pasó toda la noche quejándose de lo mal que dormía. Aquí le pinchaba algo, allí le apretaba, más allá le picaba. No era como en su camita blandita de casa.

Por la mañana temprano se levantó con todo el cuerpo dolorido. El oso grande no perdió el tiempo y llevó al pequeño de peluche al río. —Tienes que pescar un pez, para tener algo que comer y estar fuerte —le dijo, y le enseñó cómo se hacía. El osito de peluche intentó imitarlo, pero no hubo manera. Se le empaparon tanto las patitas que le pesaban muchísimo. Ni siquiera sabía aguantar la respiración cuando tenía que meterse en el agua a por el pez. Después, el oso le enseñó qué más había que hacer. Se pasaron el día entero recorriendo el bosque, buscando provisiones y afilándose las garras en los troncos de los árboles. Por la noche, el osito de peluche estaba agotado. No sentía las patitas, tenía hambre y la idea de volver a dormir en el bosque, en una cama de hojas, le daba bastante miedo. Deseaba volver a ser un osito de peluche y dormir calentito en su cuarto, con sus niños, que jugaban con él con tanto cariño.

Le dio muchas gracias al oso grande por todo lo que le había enseñado. Reconoció que los animales del bosque no lo tienen nada fácil y que cada uno debe ser lo que es. Él estaría muy contento de volver a ser solo un osito de peluche.

Y como el oso grande del bosque había sido tan bueno con él, el osito de peluche le prometió que iría a verlo al bosque e intentaría ayudarle, aunque fuera en alguna cosita. Y así, el pequeño osito de peluche de casa y el gran oso peludo del bosque se hicieron amigos inseparables.

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