
Cuentos en audio
El cerdito Fran y los dos cerditos nuevos de la granja
En el corral de una granja había una pocilga grande. Allí vivía el cerdito Fran. Era un cerdito precioso y muy simpático. A la mayoría de los cerditos les gustaba revolcarse en el barro. Cuando comían, salpicaban la comida a su alrededor y encima de ellos. Pero el cerdito Fran era distinto. Siempre estaba limpito y olía de maravilla. Cuando comía, no salía de su comedero ni una gotita. ¿Y su pocilga? ¡Relucía de limpia! Cada vez que algún animalito iba a visitarlo, no se podía creer lo limpio que lo tenía todo. Fran asentía orgulloso: —La limpieza es media salud. Al cerdito Fran le gustaba así. Estaba contento cuando él y su pocilga estaban limpios.
Pero un día llegó al corral un coche desconocido. Todos los animalitos, y también Fran, salieron de sus casitas a ver qué novedad era aquella. Era un camión. Atrás, en la parte de la carga, algo se movía y hacía ruido. Al final se acercó el granjero, que cuidaba de los animales y de la granja, abrió la puerta de atrás del camión y allí esperaba una gran sorpresa para todos.
Del camión saltaron dos cerditos nuevos. Salieron corriendo al corral y ya iban como locos en todas direcciones. Los cerditos corrían por todas partes. Un momento estaban con las gallinas, otro junto a la valla, enseguida junto a la puerta; en un abrir y cerrar de ojos saltaban al barro, se revolcaban y luego corrían a otro sitio. Todos los animalitos del corral giraban la cabeza de un lado a otro, mirando cómo los cerditos nuevos correteaban curiosos y lo probaban todo.
Al cabo de un rato, los cerditos se pararon y se pusieron a mirar una casita en la que todavía no habían entrado. Estaban delante de la pocilga del cerdito Fran. —¡Ooooh, qué pocilga tan bonita! Aquí nos lo vamos a pasar genial. ¡Va a ser estupendo! —dijeron los cerditos y, llenos de barro, entraron corriendo en la pocilga. Brincaban dentro tan contentos, luego se revolcaban y mientras tanto decían lo bonita que era la pocilga.
El cerdito Fran, mientras tanto, estaba fuera mirando su pocilga sin poder creérselo. No le salía ni una palabra al ver cómo los cerditos se la habían ensuciado en unos segundos. En cuanto se recuperó y se dio cuenta de lo que estaba pasando, entró decidido en su pocilga y dijo: —¡Eso sí que no! No podéis entrar así en mi pocilga y dejarlo todo hecho un desastre. ¡Eso no se hace!
—Venga, cerdito, no seas así. El desorden es divertido, es muy gracioso revolcarse en el barro y luego gruñir a gusto en casa. Y sobre todo, no lavarse. Eso es lo mejor —le contestaron los cerditos, muertos de risa.
Pero el cerdito Fran no se reía. Aquello no le gustaba. No le gustaba el desorden, y menos aún en su pocilga. —Tienes que disfrutar, reírte y pasártelo bien, no solo limpiar todo el rato y ser tan estricto con el orden —siguieron los cerditos.
El cerdito Fran tomó aire, dispuesto a echarles una buena bronca. Pero luego se quedó pensando en voz alta: —Estos cerditos tienen un poco de razón. Sí, es verdad que me gusta limpiar, pero eso está bien. La limpieza es media salud. Aunque, por otro lado, a lo mejor sí que soy demasiado estricto con el orden.
—¡Sí, sí, cerdito! Eso mismo. ¿Cuándo fue la última vez que te reíste tanto que te caían lágrimas? ¿Que te revolcaste a gusto en el barro y no te importó? —le respondieron los cerditos.
El cerdito Fran se quedó pensando. Al poco rato tuvo una idea: —Está bien, cerditos. Vamos a hacer un trato. Vosotros me enseñáis a hacer el tonto, a reírme y a pasármelo bien, y yo os enseño a tenerlo todo ordenado. ¿Trato hecho?
Los cerditos se lo pensaron un momento y luego dijeron que sí. Pusieron a Fran en medio y empezaron a jugar con él. Al principio el cerdito no quería, no quería ensuciarse. Pero lo prometido es deuda, así que hizo todo lo que le dijeron los cerditos. Hasta se rio tanto que le caían lágrimas. Después, los tres se lavaron bien y lo recogieron todo. Por la noche, todos estaban contentos.
¿Y qué aprendieron los cerditos y el cerdito Fran? Que es importante saber reírse y jugar, pero también dejarlo todo luego en orden. Cada cosa tiene su momento.
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