
Cuentos en audio
El pececito Pepe y el pescador desobediente
En el valle de los Sauces había un estanque grande. Allí vivían muchos peces. Carpas y también siluros. Un domingo iba a pasar algo muy especial en el estanque: iban a nacer las carpitas. Los demás peces estaban impacientes. Esperaban ver las primeras huevas. Y cuando se hincharan un poquito y crecieran, de ellas saldrían las carpitas. Luego los peces les enseñarían todo el estanque y jugarían con ellas.
Por fin llegó el día. Las huevas quedaron entre las plantas del agua. Todos estaban muy contentos. Las ranitas croaban canciones de bienvenida, los pajaritos lo iban contando por los alrededores y los siluros felicitaban a las carpitas. Pasó un tiempo y de las huevas salieron unas carpitas jóvenes y muy espabiladas. Nadaban por el estanque y les encantaba aprender cosas nuevas.
Pero uno de aquellos pececillos era especialmente curioso. Era el más pequeño de todos. El pececito Pepe. Nadaba por todas partes, se metía en todos los rincones del estanque, bajo cada piedrecita, bajo cada alga. No había un solo sitio que el pececito Pepe no hubiera explorado.
Un día, mientras Pepe nadaba por el estanque, de repente apareció algo delante de él. Colgaba de una especie de hilo, se balanceaba en el agua con las olitas y tenía una pinta riquísima. El pececito estaba a punto de probarlo cuando, por detrás, una voz muy seria lo detuvo: —¡Pepe, no lo toques! ¡¡¡Quieto!!! —Era su tío el siluro. Había parado a Pepe justo a tiempo.
El pececito miró a su tío sin entender nada y le preguntó: —Tío siluro, ¿por qué no puedo probarlo? Si está en el estanque, es que se come. Mira qué buena pinta tiene. —El tío siluro le explicó que aquello era un cebo de un pescador y que, si lo probaba, podía clavarse en la punta afilada del anzuelo y ya no podría soltarse. El pescador lo sacaría del estanque, y eso sería muy mala cosa. Además, le explicó a Pepe que en aquel estanque estaba prohibido pescar. Así que aquel pescador que quería engañarlos y atraparlos no tenía nada que hacer allí. En la orilla del estanque había un cartel bien grande que prohibía la pesca.
—¿Sabes lo que hacemos con los pescadores que quieren pescar aunque esté prohibido? ¡Mira, verás qué risa! —sonrió el tío siluro. Buscó en el estanque un puñado de algas y lo envolvió en barro del fondo. Nadó hasta el cebo, lo quitó con mucho cuidado y en su lugar puso las algas con barro. Luego tiró del hilo. El pescador creyó que había picado un pez y empezó a recoger el sedal a toda prisa. Pepe y el tío siluro oyeron primero lo contento que se ponía el pescador porque había pescado algo, y al ratito lo que refunfuñaba al ver lo que traía en la caña. Algas y barro.
El pececito y el tío siluro se partían de risa por cómo habían engañado al pescador. Y de vez en cuando la cosa se repetía. El pescador, que tenía prohibido pescar, echaba la caña con el cebo y esperaba. El pececito Pepe y el tío siluro siempre le regalaban algo a cambio del cebo. Una vez le colgaron una bota vieja; otra, una lata que habían encontrado en el fondo del estanque. Así, al menos, se libraban de la basura que alguna gente se dejaba olvidada o tiraba al estanque. De esta manera, el tío siluro y el pececito Pepe limpiaron juntos el estanque y, además, le enseñaron al pescador desobediente que las prohibiciones hay que respetarlas.
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