
Cuentos para dormir
El gatito travieso Esteban
En un pueblecito al borde del bosque, en una casita muy acogedora, vivía el gatito Esteban. Tenía su propio cuenco, su camita favorita y su mantita, y se pasaba los días jugando.
Esteban vivía estupendamente gracias a su dueña, una niña pequeña llamada Carolina. A ella le encantaba jugar con él y pasaba muchísimo tiempo a su lado. Y siempre tenía alguna golosina para él. Esteban hacía muchas trastadas: un día tiraba una maceta con una florecita, otro día tiraba los libros de la estantería. Pero a Carolina no le importaba nada. Quería muchísimo a su amigo gatuno.
Además de jugar y hacer trastadas, a Esteban le encantaba mirar por la ventana. Le gustaba ver lo que pasaba fuera. Era un gatito casero de verdad: a Carolina se lo había regalado una amiga, cuya gata había tenido gatitos hacía unos meses. En realidad, nunca había salido de casa. No vivía mal, pero a veces soñaba con cómo sería estar fuera.
Un día, mientras Carolina estaba en otra habitación, Esteban por fin tuvo la ocasión de escaparse de casa. Vio que la ventana del cuarto estaba un poquito abierta. No se lo pensó mucho y se subió de un salto al armario, desde donde era fácil llegar a la ventana. Saltó rápido al alféizar, de ahí saltó al suelo y aterrizó sano y salvo sobre un montoncito de hojas secas en la hierba. Al principio, a Esteban le gustaba estar fuera: corría por la hierba, miraba a los pajaritos y trepaba a los árboles. Pero pronto se le quitaron las ganas de jugar. El gatito travieso se dio cuenta de que fuera no le esperaba su cuenco con su comida favorita, ni estaban sus juguetes, ni su camita calentita. Tenía muchas ganas de volver a casa, pero no tenía ni idea de por dónde ir. Perdido, muerto de frío y cansado, se tumbó entre unos arbustos para echar una cabezadita, aunque no le resultó nada fácil.
Mientras tanto, Carolina se dio cuenta de que Esteban no aparecía. Lo buscó por toda la casa, pero el gatito no estaba por ningún lado. El cuenco de comida seguía sin tocar.
—¿Dónde se habrá metido? —pensaba la niña. Entonces vio la ventana entreabierta y comprendió que el gatito podía haberse escapado por allí—. ¡Ojalá no se haya ido muy lejos! —Carolina se abrigó y salió corriendo de casa.
Por suerte, encontró a Esteban dormido debajo de un arbusto, muy cerquita de casa. Feliz, se llevó al gatito travieso a casa, donde le esperaban su comida, su agua, su camita y sus juguetes favoritos. Desde entonces, Esteban solo miró el mundo desde la ventana y vivió seguro en su casita.
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