
Cuentos para dormir
El día en que el osito Antares aprendió a pescar
Llegó el día en que Antares iba a ir con su papá a aprender a pescar. No hacía mucho, habría protestado: él prefería darse un atracón de miel y no quería ni oler el pescado. Pero desde que se había atiborrado tanto de miel que acabó con dolor de tripa en el veterinario, ya no podía ni ver la miel, y el pescado se había convertido en su nueva comida favorita. Por eso estaba deseando que llegara el día en que aprendería a pescarlo él solo.
Así que, cuando por fin llegó, Antares no cabía en sí de impaciencia. De camino al río no paraba de preguntarle cosas a su papá. —¿Cómo es que los peces pueden respirar debajo del agua? —fue su primera pregunta.
Su papá le contestó: —Porque los peces tienen branquias, no pulmones como nosotros. Pueden sacar el aire del agua.
Antares no tenía ni idea de lo que eran las branquias, pero antes de que pudiera preguntarlo ya tenía la cabeza llena de otras preguntas. —¿Y qué comen los peces? ¿No tienen frío ya? ¿No van a hibernar, como vamos a hacer nosotros dentro de poco? —preguntaba Antares, preguntón como cualquier cachorro curioso.
Cada respuesta de su papá sonaba más gruñona y más harta. Se notaba que habría preferido ir a pescar solo. Aun así, le contestó todo a Antares con mucha paciencia. Le dijo que algunos peces comen algas y otros, peces más pequeños. También le explicó que los peces no hibernan. Al contrario: es más difícil pescarlos en verano, cuando algunos se esconden en lo hondo del agua huyendo del calor y solo se pueden pescar de noche, cuando hace más fresco.
Cuando por fin llegaron al río, su papá le enseñó a Antares cómo colocarse bien y esperar al acecho a que pasaran los peces. Cuando Antares, después de unos cuantos intentos fallidos, consiguió imitarlo casi a la perfección, su papá lo llevó a lo alto de una cascada pequeñita. Le dijo que así, encima de las cascadas, se pescan los salmones. Que los salmones saltan por ellas cuando vuelven del mar a los ríos donde nacieron, para poner allí sus huevos.
Antares escuchaba con mucha atención e hizo todo exactamente como le había dicho su papá. Aun así, tardó mucho en conseguirlo: mientras su papá pescaba cuatro salmones grandes, Antares no tenía ni uno. Pero al final, cuando el sol ya se estaba poniendo, ¡por fin consiguió pescar uno!
Estaba tan contento que convenció a su papá para volver ya a casa y presumir delante de mamá. Y ella, orgullosa de su hijito tan mañoso y de su marido tan paciente, cocinó unos salmones tan ricos que a Antares le gustaron más que nunca.
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