
Cuentos para dormir
El mono Esteban, que no quería ordenar
Esteban era un mono peludo que vivía en su árbol, en medio de la selva. Esteban odiaba recoger y le encantaba tener todo el árbol para él solo y poder dejarlo tan desordenado como le diera la gana. Cada vez que se comía un plátano, tiraba la cáscara en la rama donde estuviera en ese momento. Y lo mismo hacía con todos los restos de comida. Por eso, por todo el árbol había tiradas no solo cáscaras, sino también corazones de manzana, huesos y rabitos de toda clase de frutas.
Su amiga Manuela, que de vez en cuando subía a visitarlo, siempre le decía que debería recoger aquel desorden. Que un día se le iba a acumular tanta basura que ya no podría ni saltar de rama en rama. Esteban siempre le contestaba lo mismo: —Que sí, que sí, ya lo recogeré luego. Pero nunca lo hacía. Al fin y al cabo, era su árbol, y podía tener encima y debajo de él todo el desorden que quisiera.
Hasta su hueco fresquito en el centro del árbol, donde guardaba la fruta para que no se estropeara, estaba lleno de restos podridos que nunca se había comido. Y como no quería guardar la fruta fresca junto a la podrida en el hueco fresquito, la dejaba por ahí, en cualquier rama. Pero con el aire caliente la fruta se pudría más deprisa de lo que Esteban era capaz de comérsela, y así se le iban amontonando en el árbol más y más restos podridos.
Hasta que un día llegó, sin remedio, lo que Manuela siempre le había advertido. En el árbol se había acumulado tanta basura que casi no se podía ni dar un paso por él. Además, en algunos montones de fruta podrida empezaron a aparecer gusanos y larvas, y por encima revoloteaban toda clase de bichos molestos.
En cuanto Esteban lo vio, se dio cuenta de que, a lo mejor, un poco de limpieza no le vendría nada mal. Los restos de comida eran una cosa, pero los bichos multiplicándose… eso no lo quería en su árbol. Pero como nunca había recogido, no sabía cómo hacerlo. Así que le pidió ayuda a Manuela, que solo dijo: —Ya te lo decía yo. Aun así, le ayudó a recoger.
Juntos limpiaron todo el árbol, desde las ramas más altas hasta las de abajo del todo. También vaciaron el hueco fresquito, para que Esteban tuviera dónde guardar la fruta nueva. Esteban aprendió la lección y, desde entonces, ordenaba su árbol a menudo. Y también tenía cuidado de que no se le volviera a estropear nada en el hueco fresquito del árbol.
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