
Cuentos para dormir
Unos zapatitos para la ranita
Había una vez una ranita. Se llamaba Presumida. Y es que le encantaba ponerse guapa. Antes de salir de su charca, tenía que llevar un vestido verde precioso y alguna joya bien brillante. A papá rana y a mamá rana no les gustaba que su hija se arreglara tanto, pero no podían hacer nada. Presumida estaba tan pendiente de sí misma y de lo guapa que era que no se daba cuenta de lo tristes que estaban sus papás.
En eso, Presumida se parecía mucho a su tía Coqueta. La tía se arreglaba y se arreglaba, pero no cuidaba de su salud. Un día cayó muy enferma y tardó muchísimo en curarse. Antes de la enfermedad era una ranita verde, delgadita y preciosa; después, como por arte de magia, se convirtió en un sapo marrón y feo, lleno de costras. Coqueta lloraba y se lamentaba de su mala suerte. Pero todavía le daba más pena ver cómo Presumida seguía sus pasos, así que decidió comprarle unos zapatitos mágicos.
Coqueta fue a la tienda y le dijo al vendedor, Charquito, lo que quería. Charquito le contestó: —Coqueta, tengo aquí unos que consiguen que Presumida deje de presumir tanto. —Coqueta compró los zapatitos y se los regaló a Presumida. La ranita, al verlos, se puso loca de contenta, y desde entonces ya no presumió más y todavía hoy salta feliz, como una ranita verde y preciosa, junto a la charca del bosque.
¿Dónde estaba la magia de los zapatitos? Pues claro: solo ellos, delante del espejo, podían decirle a la ranita que, con tanto arreglarse, llamaba la atención de los animales cazadores que querrían hacerle daño.
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