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La ardilla Ester salva el bosque – cuento infantil

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La ardilla Ester salva el bosque

Hace muchísimos, muchísimos años, un hombre decidió plantar un árbol. Eligió un prado precioso cerca de la ciudad, cavó un hoyo y plantó en él un arbolito. Lo cuidaba y todos los días iba a ver cómo estaba. El árbol crecía bonito y fuerte.

Al hombre le hizo tanta ilusión que plantó otro, y luego otro más. Al cabo de un tiempo había allí tantos árboles que se formó un bosquecillo. Y enseguida llegaron a vivir en él los animalitos: pajaritos, ardillas y tejones. A toda la gente de la ciudad le encantaba tener tan cerca un rincón de naturaleza tan bonito, y les gustaba mucho ir a pasear por el bosque. Pero un día los animalitos estuvieron a punto de quedarse sin él.

Era muy temprano cuando la ardilla Ester salió a estirar las patas por el bosque. Saltaba de árbol en árbol, de vez en cuando se comía alguna avellana, y de repente, ¡pum!, se chocó con una cosa alta de metal. Se cayó al suelo y, todavía mareada, se quedó mirándola. Era un poste muy alto y, en la punta, una placa de chapa con unas flechas pintadas. Ester miró un poco más allá y se dio cuenta de que en el bosque había más cosas raras como aquella.

No sabía qué eran ni por qué estorbaban allí, en medio del bosque. Así que llamó al tejón para que la ayudara. El tejón lo miró por todos lados y por fin lo entendió: —¡Ester, son señales! Las han puesto las personas. Indican por dónde va a pasar una carretera —le explicó el tejón a la ardilla.

—¿Qué carretera? ¿Qué significa esto? ¿Por aquí, por el bosque? ¿Una carretera? ¡Eso no puede ser! ¡No lo pienso permitir! —se horrorizó la ardilla Ester. Reunió a todos los animales del bosque y, entre todos, arrancaron las señales del suelo y las escondieron. Por la tarde llegaron al sitio unos obreros con unas máquinas enormes. Miraron por todas partes, pero como no veían ninguna señal, no sabían dónde empezar a trabajar ni por dónde hacer la carretera nueva. Así que se marcharon.

La ardilla Ester estaba feliz. ¡Había salvado el bosque! Pero la alegría le duró poco. A la mañana siguiente, las señales volvían a estar en su sitio: las personas habían puesto otras nuevas. Pero Ester no se rindió y, con la ayuda de los animalitos, volvió a arrancarlas todas y a esconderlas. Por la tarde, los obreros otra vez no sabían por dónde empezar. Y así pasaron unos cuantos días.

Al cabo de un tiempo, la ardilla ya estaba harta. Quería que las personas entendieran de una vez que allí no podían hacer ninguna carretera. Lo pensó y lo pensó con los demás animalitos, hasta que por fin a Ester se le ocurrió algo y gritó: —¡Ya lo tengo! ¡Pintaremos nuestras propias señales! Pintaremos en ellas a los animales que viven aquí, en el bosque. Familias enteras de animales. Y las pondremos en lugar de las suyas, las de las flechas. Cuando las personas vean señales con animalitos por todo el bosque, tendrán que darse cuenta de que aquí vivimos nosotros y de que la carretera no puede pasar por aquí.

Y todos se pusieron manos a la obra. Hicieron las señales y pintaron en ellas a los animalitos. Las repartieron por todo el bosque, una a cada paso. Cuando por la tarde llegaron los obreros con sus máquinas enormes, no se lo podían creer. No había ni una sola señal con flechas que dijera dónde hacer la carretera. Al contrario: miraran donde miraran, había señales con dibujos de animales. Los obreros recorrieron el bosque y las fueron mirando todas.

Entonces uno de ellos dijo: —Aquí no podemos construir. El bosque es la casa de todos los animalitos que están aquí pintados. Nos lo querían decir de alguna manera. Seguro que fueron ellos los que nos escondían las señales con flechas. No podemos destruir su casa, ni este trocito de naturaleza. Recogemos y nos vamos.

La ardilla Ester lo observaba todo desde lejos. Cuando ya se marchaban, uno de los obreros se dio la vuelta en el último momento y vio a una ardillita dando saltos de alegría. Sonrió y la saludó con la mano. Al principio, la ardilla se asustó al ver que aquel hombre la veía. Pero luego ella también lo saludó con la patita y se puso todavía más contenta, porque entre las personas también hay quien quiere a los animales y a la naturaleza. Y quien los entiende.

23 de junio de 2026

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