
Cuentos para dormir
El gatito Bigotes
Había una vez un gatito muy perezoso llamado Bigotes, que vivía con su familia en una casa grande. Aquella casa era el reino de Bigotes, y él lo vigilaba con mucha lealtad. Su mejor amiga era la pequeña Anita. Siempre jugaba con él, le tiraba un ovillo de lana o le rascaba detrás de las orejas. Aunque, la verdad, Bigotes era perezosísimo: lo que más le gustaba era estar tumbado o comerse las chuches de los gatitos buenos.
Un día, el gatito pelirrojo Bigotes estaba jugando con su ovillo en el sofá. Rodaba de un lado a otro con su barrigota y resoplaba con pereza. De repente lo interrumpió un golpecito muy molesto. ¿O eran golpes? Pero aquel día Bigotes estaba solo en casa. No entendía de dónde venía ese ruido, porque su familia se había ido de excursión al zoo. Se puso de pie sobre sus patitas y se dio un paseo perezoso por el salón, el dormitorio y la cocina. Pues nada, no sabía de dónde venía el ruido.
—¿Hola, hola? ¿Hay alguien? —maulló Bigotes, desconfiado, y volvió al salón. Levantó la vista, se subió al sofá de un salto y entonces vio a un pajarito pequeño que golpeaba la ventana. Golpeaba con todas sus fuerzas. Bigotes saltó del sofá al alféizar y, con una ceja levantada, le preguntó al pajarito: —¿Qué buscas aquí? No puedes entrar —maulló Bigotes, gruñón, y se lamió sus patitas pelirrojas. Pero el pajarito seguía piando y daba golpecitos en el cristal con su piquito naranja: toc, toc.
—Por favor, déjame entrar, tengo un ala herida y no tengo a nadie —gimió el pajarito. Pero a los gatos no les caen muy bien los pájaros. Más o menos como los ratones. Prefieren comérselos antes que hacerse amigos suyos. Sin embargo, Bigotes se quedó pensando. ¿Se lo comía? ¿Lo ayudaba? Le daba vueltas y vueltas. Pero su amiga Anita siempre le había enseñado que hay que ayudarse y que está bien querer a todos los animalitos. ¿Y si le pasara a él? ¿Y si fuera él quien necesitara ayuda?
Bigotes dio un saltito hasta la ventana y, aunque muy torpemente, consiguió abrirla con la patita. El pajarito entró a duras penas. Era verdad, tenía un ala herida. Bigotes bajó del alféizar y le acercó al pajarito un cuenco con agüita. El pajarito bebió con ganas, se dejó caer en la alfombrita al lado de Bigotes y le dio las gracias con mucha educación.
Y justo entonces volvió a casa Anita con sus papás. —¡Mira, mamá! ¡Un pajarito herido! ¡Mira qué chiquitín es! —gritó la niña, y corrió con pasitos cortos hacia el salón, donde estaban Bigotes y su nuevo amigo. Mamá vio que el pajarito estaba herido. —¡Anita, tenemos que ayudarlo! ¡Papá, arranca el coche, que lo llevamos al veterinario! —ordenó mamá. Puso al pajarito con mucho cuidado sobre una manta y se fueron al veterinario.
Allí curaron al pajarito de verdad. Cuando volvieron a casa, Bigotes ya los esperaba impaciente junto a la puerta. Estaba contento de haber dejado entrar al pajarito y de que, gracias a eso, su familia lo hubiera ayudado. No todos los gatos son traicioneros. Luego, mamá y Anita pusieron alpiste y agua en unos cuenquitos para el pajarito convaleciente y lo dejaron, con mucho cuidado, en una casita para pájaros en un árbol del jardín. Bigotes daba saltitos de alegría a su lado.
Y así Bigotes se convirtió en un héroe y encontró un nuevo amigo. ¡Y no solo él! También Anita estaba feliz con el pajarito, que todos los días, muy agradecido, les cantaba los buenos días. Y cada vez que venía, por supuesto, no se olvidaba de jugar con el perezoso Bigotes, que de vez en cuando maullaba y refunfuñaba un poco, aunque quería muchísimo al pajarito.
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