
Cuentos para dormir
La ratita Cata y la ratita Lili
En una casita dentro de un roble, en lo más profundo del bosque, vivía la ratita Cata. Era una ratita muy buena. Llevaba lazos rosas entre las orejitas y unos vestiditos preciosos. Cuidaba muy bien de su casita y era amiga de todos los animalitos del bosque. Delante de la casa tenía un pequeño huerto donde cultivaba verduras. La fruta la iba a recoger al bosque. En el bosque vivía también su amiga, la ratita Lili. Vivía muy cerquita de la ratita Cata. Se visitaban y salían juntas a pasear por el bosque. Pero hacía ya mucho tiempo que Lili no iba a ver a Cata. La ratita Cata estaba preocupada por su amiga y decidió ir a visitarla para ver qué pasaba.
Una tarde, la ratita Cata se fue a ver a su amiga. Cuando llegó a su casita, se asustó. El jardín estaba abandonado. Las florecillas se estaban marchitando, los caminitos estaban llenos de hierbas y por todas partes había ramitas rotas tiradas. La ratita Cata se preocupó mucho por la ratita Lili, corrió hacia la puerta y empezó a llamar.
Desde dentro se oyó una voz cansada y somnolienta: —¿Quién es? —¡Yo! —contestó la ratita Cata. —¿Yo? —se extrañó dentro de la casa la ratita Lili. Durante un rato no pasó nada; luego la ratita Cata volvió a llamar y gritó: —¡Tú no, Lili, yo! Soy yo, la ratita Cata. He venido a verte, hace mucho que no te veo.
Dentro de la casita empezaron a oírse unos ruidos raros. Algo así como quejidos y unos pasos muy fuertes. Los ruidos se acercaban a la puerta, hasta que la ratita Lili abrió. Pero Cata se quedó de piedra al ver a Lili. La ratita estaba agotada y paliducha, y tenía los ojos llenos de sueño. Cuando estaba en la puerta, tenía que apoyarse en ella, porque las patitas no la sostenían. La ratita Lili estaba irreconocible. Por eso tenía el jardín tan descuidado. Si casi no podía ni andar, ¡cómo iba a trabajar fuera!
—¿Qué te ha pasado, Lili? —le preguntó Cata, asombrada. —Nada. Solo que he estado picando golosinas, haciendo el vago y volviendo a picar golosinas —confesó Lili, con cara de culpa.
—Pues esto hay que arreglarlo. No pienso dejarte así. Te podrías poner enferma. Como buena amiga que soy, te voy a ayudar. ¡Vamos! —le respondió Cata, muy decidida. Y lo que prometió, lo cumplió.
Primero ayudó a Lili a ordenar la casita y el jardín. Porque la limpieza es salud. Y a todo el mundo le gusta que su casa esté bonita. Luego Cata sacó de la nevera y de la despensa todas las golosinas y en su lugar puso verduras y fruta. Y al final llegó lo más difícil. Empezó a hacer ejercicio con Lili.
Y mientras tanto cantaba: —Arriba y abajo, sentadillas sin parar. —Y una rosquilla para merendar —canturreaba Lili. —No, Lili, nada de rosquillas. Después de las rosquillas no te apetecerá moverte, te quedarás tumbada en casa y te dolerá todo. Mejor sin rosquilla —le contestaba siempre Cata.
No fue fácil y pasó mucho tiempo hasta que la ratita Lili volvió a ser una ratita ágil y espabilada y le volvieron las fuerzas a las patitas. Pero mereció la pena. La ratita Lili está muy contenta de tener una amiga así, que la ayudó a ponerse otra vez en marcha y a arreglar el jardín y la casita.
Hoy Lili vuelve a trabajar a gusto en el jardín y sale a pasear. Cuando uno se mueve, todo sale mejor. Y además uno se siente mejor. Nunca olvidará que, cuando se pica demasiado y se hace mucho el vago, la cosa no acaba bien.
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