
Cuentos en audio
El osito Miguel, corredor
Un osito pequeño, al que todos llamaban Miguel, paseaba por el bosque. Iba tarareando al compás de sus pasos, de vez en cuando daba un saltito, miraba a las ardillas en los árboles y, si encontraba un palo grande en el caminito, lo apartaba a un lado. Le encantaban esos paseos. Iba a su ritmo. A veces descansaba sobre el musgo y disfrutaba de la calma tan agradable que había en el bosque. Una vez, durante uno de sus paseos, Miguel se sentó junto a un árbol y algo lo sorprendió.
—¡Cuidado, apártate del camino! —gritaba alguien a lo lejos. El osito se levantó, miró a su alrededor y vio que se le acercaba una liebre. Corría a una velocidad increíble. Detrás de sus patas traseras se levantaba un remolino de polvo y agujitas de pino. Miguel saltó a un lado y la liebre pasó zumbando junto a él. Al cabo de unos minutos volvió a pasar lo mismo. La liebre pasó otra vez junto al osito, tan deprisa que lo dejó mareado.
Cuando ya pasaba por tercera vez, Miguel la llamó desde lejos: —¡Espera, para, por favor! Quiero preguntarte una cosa. La liebre se paró, casi sin aliento, y se quedó mirando a Miguel. —¿Por qué corres tanto? ¿Te persigue alguien? —preguntó el osito, curioso y preocupado. La liebre sonrió y se lo explicó todo: —Qué va, Miguel, estoy entrenando. Tengo que estar en plena horma. La semana que viene es la carrera del bosque. Y me gustaría ganar. Puede participar cualquiera del bosque. Hay que dar varias vueltas por el caminito.
—¿En horma? —preguntó Miguel, sin entender nada. —Así se dice cuando quieres ser bueno y rápido en el deporte —contestó la liebre. —¡Ah, quieres decir en forma! —sonrió Miguel—. ¿Dices que puede participar cualquiera? ¿Podría hacerlo yo también? —Claro que podrías. Pero tendrías que entrenar mucho —respondió la liebre, mirando de arriba abajo al osito, que era un poquito regordete.
Desde entonces, Miguel no pensaba en otra cosa. Sabía que era redondito y que no tenía ninguna horma, como decía la liebre. Por eso quería intentarlo. Aunque llegara el último, quería al menos correr esas pocas vueltas. Y se puso a entrenar. Corría todos los días. Primero despacito. Con el tiempo, un poco más rápido. Estaba orgulloso de sí mismo y se lo pasaba en grande.
Y por fin llegó el gran día. El día de la carrera. Todos los corredores se colocaron en la línea de salida. Estaban casi todos, uno al lado del otro: liebres, lobos, ardillas y, el último de la fila, el osito Miguel. Los demás lo miraban sin creérselo. Alguno que otro se burlaba diciendo que un corredor con semejante barriga mejor se quedaba en casa. Pero Miguel no les hacía caso.
Empezó la carrera. Todos salieron corriendo. Enseguida estaban todos por delante. Miguel iba el último, pero no le importaba. Seguía corriendo. Sabía que lo conseguiría. Pero en la última vuelta algo lo sorprendió.
En la hierba, junto a la pista, estaba tumbada la liebre. Se había caído durante la carrera y se había roto una patita. Pero nadie la había ayudado. Algunos ya estaban en la meta y otros habían pasado tan deprisa que ni la habían visto. El osito no lo dudó y corrió hacia la liebre. La tomó en brazos y la llevó hasta la meta para que alguien pudiera curarla. Cuando los demás vieron a Miguel llegar a la meta con la liebre herida, todos empezaron a aplaudir. Hasta los que se habían reído de él se pusieron colorados de vergüenza.
Miguel prefirió salvar a una amiga antes que ganar o terminar la carrera. Era un héroe. El último, pero el más grande. Al final de la carrera se entregaron cuatro medallas: la del primer puesto, la del segundo, la del tercero y una para el mejor corredor. Esa se la dieron a Miguel.
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