
Cuentos para dormir
Los dos dinosaurios que sabían lo que querían
Hace muchísimo tiempo, en la Tierra vivían montones de dinosaurios. Unos eran grandes y verdes, otros más pequeños y rojos, y otros hasta sabían volar. Entre ellos había dos dinosaurios, Ágata y Rafael. Eran dinosaurios de lo más normales. Ágata tenía unas amigas íntimas con las que le encantaba pasar el tiempo, y Rafael era un dinosaurio en lo mejor de la vida, al que le gustaba su día a día y que sabía escribir cuentos y libros preciosos.
Ágata quería ser enfermera. Hasta había estudiado en la Universidad de los Dragones y tenía muchas ganas de ayudar a los demás dinosaurios. Pero también le habría encantado enamorarse, aunque ningún dinosaurio le acababa de gustar. Uno era demasiado pequeño, otro demasiado tonto y otro no sabía contar ni hasta cinco.
—Ay, ¿dónde encontraré un dinosaurio del que enamorarme?
Eso a Ágata le daba mucha pena, pero sabía que algún día conocería al dinosaurio de sus sueños. Rafael también sabía lo que quería de la vida. Era un dinosaurio sincero y sencillo. Pero sentía que las demás dinosaurias no eran para él. —Yo es que no tengo suerte… —decía siempre, aunque intuía que en algún lugar del mundo había alguien lleno de gracia y encanto.
Un día, Rafael tropezó con una piedra que había en el camino.
—¡Pero qué torpe soy! —suspiró desanimado, porque sabía que con una herida así tendría que ir al hospital, a la planta de dinosaurios.
Tenía mucho miedo, porque no quería pasarse mucho tiempo ingresado. Además, las camas del hospital son incómodas y él tenía las patitas demasiado largas para dormir bien en ellas. De pronto, en la sala de espera entró la dinosauria Ágata. Estaba como siempre, pero Rafael vio en ella algo más, algo en lo que los demás dinosaurios no se habían fijado.
—¡Qué enfermera tan maravillosa, y qué buen corazón tiene! —El dinosaurio, encantado, se aprendió su cara enseguida.
—Señor Rafael, esta herida no es tan grave como parece. Y le digo otra cosa: ¡para el día de su boda estará como nuevo!
Rafael pasó todavía unos días en la cama del hospital, pero cada día estaba mejor. La enfermera Ágata lo ayudaba con todo y, con el tiempo, se dio cuenta de que era un dinosaurio estupendo. Pero Rafael no se atrevía a dar el primer paso, porque le daba mucho miedo que Ágata le dijera que no. Aun así, cuando salió del hospital, le preguntó a Ágata si querría ir a dar un paseo con él. No sabía que él también le gustaba a ella; lo que pasaba es que ella no sabía demostrarlo. Ágata dijo que sí y, con el tiempo, se fueron queriendo cada vez más.
Desde entonces han pasado unos cuantos años y los dos dinosaurios siguen juntos y felices. La dinosauria Ágata sigue ayudando a los enfermos y le sigue encantando su trabajo. Y a Rafael no le quedó ni rastro de la herida: tiene la pata completamente sana. Cada día se alegra de tener a su querida Ágata, y sabe que, si aquel día no hubiera dado el primer paso, no estarían juntos. Ya lo veis: quien se atreve, encuentra la felicidad. Y vivieron felices y comieron perdices…
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