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El dinosaurio que no sabía controlar su colita – cuento para dormir

Cuentos para dormir

El dinosaurio que no sabía controlar su colita

Adela V.25 de mayo de 20263 min de lecturapara preescolar

En un pequeño museo vivía un dinosaurio llamado Rex. Era grande, tenía muchos dientes y una cola larga que no le hacía ni caso. Por donde corría Rex, allí iba la cola detrás. Que la cola lo acompañara no le molestaba, al fin y al cabo había nacido con ella. Lo que no le hacía ninguna gracia era lo torpe que era su cola. Cuando Rex se giraba a la izquierda, la cola se giraba a la derecha. Y cuando Rex se giraba a la derecha, la cola, ni corta ni perezosa, se iba a la izquierda.

Una noche, cuando el museo cobró vida, Rex salió como siempre a dar un paseíto para visitar a los demás animales. Pero de pronto oyó un ruido que lo asustó tanto que pegó un brinco. Igual que Rex, también se asustó su cola, que del susto tiró un cuadro de la pared. —¡Ay, ay, ay! —se dijo Rex—. ¡Menudo lío! Mis amigos se van a volver a enfadar con mi cola. —Y salió corriendo del miedo.

Al día siguiente, en el museo no se hablaba de otra cosa que del cuadro roto, y a Rex se le quitaron las ganas de todo. —Ay, ¿y ahora qué hago? Me siento fatal, pero tengo miedo de que todos se enfaden conmigo —se decía Rex. En ese momento lo oyó un pajarito que volaba por encima del dinosaurio. —¿Qué te pasa, Rex? ¿Estás de mal humor? Cuéntame qué te preocupa —le dijo el pajarito. —Nada —contestó Rex—, es que he hecho algo malo y tengo miedo. —Rex, si has hecho algo, tienes que contárselo a tus amigos. Ellos te ayudarán a arreglarlo. —¿Y no se enfadarán conmigo? —preguntó Rex. —¡Pues claro que no! ¡Para eso son tus amigos! —contestó el pajarito.

Así que Rex se armó de valor y fue a contarles a sus amigos lo del cuadro roto. —Lo siento mucho, amigos. Mi cola no lo hizo a propósito… Es que me llevé un susto tremendo, y la cola también —les explicaba Rex a los demás. —Rex, no pasa nada. Eso le puede pasar a cualquiera de nuestras colas. —Y a Rex se le quitó un peso de encima. Sus amigos le ayudaron a arreglar el cuadro y se rieron muchísimo mientras lo hacían. Enseguida se le pasó el mal humor. Porque había descubierto que nada es tan terrible como parece cuando puedes contárselo a los que más quieres.

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